domingo, 23 de agosto de 2015

PIRÚ Y LOS ROBLONES. Capítulo III

Tarde de tormenta, relax en casa. Los gatos permanecen acurrucados sobre las piernas de mi sobrina Esther y desde la cocina nos llega olor a dulces hechos con amor. Ummm, la abu está entre sus cremas, pucheros, bizcochos... Es como una alquimista de la cocina, guardiana celosa de los grandes secretos, no permite intrusiones en su especial zona de magia, sólo Marta es bienvenida en ese lugar.
Truenos. Esther me mira y yo eludo su mirada directa porque sé a fondo lo que quiere. Tomás estira sus manos blancas y bosteza, saca unas uñas largas, curvadas como navajas y vuelve a hacerse una bolita sobre Esther, esta vez del costado contrario. Veo como la mano de la niña acaricia la cabecita de ambos, Narizotas no despierta y se agradece. Se ilumina la sala, Esther cuenta.

- Uno, dos, tres, cuatro....

El trueno rechina como un látigo sobre el cielo plomizo.

- Tita pitusa, la tormenta está a cuatro kilómetros.- Me dice al tiempo que tira suavemente de una oreja de Tomás que profundamente dormido no se percata de la cariñosa caricia.

- Sí, parece que la cosa va en serio...
- Aún no llueve, tita.
- Sí, pero no tardará en hacerlo.

Me levanto y dirijo mis pasos a la gran ventana del salón, desde allí puedo ver el cielo enlutado. Se alza un viento furioso que doblega las hojas de las macetas e incluso las hace rodar por el suelo. Los goterones de agua comienzan a salpicar el cemento aquí y allá hasta que el ritmo se acelera y el torrente anega el patio.

- Tita qué aburrimiento...- Me dice Esther con cara pícara y sonriente-

De repente, algo se ilumina en la chimenea, los destellos rebotan en las paredes blancas del salón y llenan de luces brillantes la cara de Esther. La rosa que nos regaló Pirú ha desplegado sus hojas, el mago nos llama.
De un salto, la niña coge el mágico artilugio y lo pone sobre la mesa. En el centro, entre temblorosas llamas azuladas aparece la cara de nuestro amigo.

- ¡Hola niñas! - El rostro del mago luce una brillantísima sonrisa y su saludo habitual con los brazos abiertos de par en par, nos alegra el corazón en esta tarde lluviosa y gris.-
-¡Hola Pirú! - Exclamamos a la vez.
- No veo a Marta, ¿no está con vosotras? - Dice poniéndose la mano en la frente oteando el espacio que se advierte detrás de nosotras.
- No Pirú, está en la cocina con la abu.- Se apresura a contestar Esther-
- ¿Sucede algo? - Le pregunto.
- ¡Oh no queridas niñas! Es sólo que un día como éste llama a contar historias en torno a unos dulces en el salón de casa. Me pregunto si querríais venir.
- ¡Síiii, por favor tita, dile que siiii! - Me dice Esther juntando las manos a modo de súplica-
- Pues claro que sí, mona. Venga, avisa a Marta y vamos preparando todo para el viaje.

No hizo falta llamar a la pequeña, al oír las súplicas de Esther apareció por la puerta preguntando si era Pirú el que llamaba. Ya sólo quedaba preparar la mochila y algún presente para nuestro amigo.

- ¡Maaaaaaaartaaaaaa trae el trasportín para el gato! - Grita Esther viendo que su hermana vuelve a entrarse en la cocina-
- Pero Ester.... ¿Por qué no dejamos aquí a Narizotas? No sé…, para hacerle compañía a tío Tomás. -Le digo intentando convencerla-

- ¡Que no tita pitusa! ¡No seas pesada, sin Narizotas no hay aventura!

Me rindo, en ese instante Marta aparece con el trasportín en la mano, nada más dejarlo en el suelo Narizotas toma posesión de él. Sabe que va a salir...

- Increíble lo de este bicho.... –Murmuro-
- ¡Tita, mira, la abu me ha dado estos bizcochos para Pirú! - Me dice Marta sonriente-
- Pues estupendo, preparemos la mochila y vayamos a por el coche.

En apenas unos minutos estamos listas.

- Tita...-Me dice Marta- No tenemos chubasqueros...Los del año pasado nos quedan pequeños.
- Está bien... Id a la tienda y en el perchero dorado está ya la ropa de temporada. Hay unos chubasqueros verdes con pequeños topos en rosa, son de vuestra talla. Cuidado no los confundáis con los que están forrados, esos son de invierno.

Al cabo de unos minutos aparecen ataviadas con los ligeros plásticos. Se transparentan y les parece muy divertido verse los brazos verdes salpicados de lunares.
Yo ya estoy preparada y tengo los arcos en sus fundas listos para entrar en el coche. La tormenta continúa y la tarde se oscurece aún más. Cuando salimos a la puerta...

- ¡Hola Tulaaaaaaa! ¿Adónde vais con este tiempo, so locaaas?-

¡Es mi prima Irene! Como una diosa romana emerge del coche. Dorada por el sol, subida a unas esparteñas interminables en su altura y con un minivestido que deja al descubierto sus preciosas piernas, parece una imagen salida de esas revistas de moda que hacen furor entre las féminas.
Desde que era chiquita me llamaba Tula y así quiero que me siga llamando toda la vida. Yo soy “su Tula”.

- ¡Primiiiiii, qué alegría! - Nos abrazamos con ese cariño tan especial que desde pequeña me ha unido a ella-
- ¿Dónde vais si puede saberse?- Nos pregunta con ese acento cordobés tan pronunciado que hace que las e, acaben terminando en una a muy abierta.

Las niñas me miran, yo las miro... ¿Qué le digo?

- Tía Irene, yo creo que lo mejor es que nos acompañes y lo averigües por ti misma.- Dice Esther resueltamente-
- ¡Eso es estupendo! Vente con nosotras Irene, no te vas a arrepentir- Le digo animándola a unirse al trío aventurero-

Mi prima saca el móvil y hace unas llamadas, después, se une a nosotros. Sin embargo, algo nos impide incluirla en el grupo.

- Tita Irene.... No puedes entrarte así en el campo... - Le dice Marta-
- ¡Ah! ¿Pero vamos al campo? - Pregunta sorprendida-
- Pues..., sí, es que es una historia un poco larga, te la contaremos por el camino. -Digo yo invitándola a entrar en casa para proporcionarle otras vestimentas-
- De acuerdo, yo hago lo que me digáis vosotras.

En la tienda, la ataviamos con unos pantalones chinos color verdoso y una camisa a juego, completamos el atuendo con un chubasquero como el de las niñas y el mío. Cambiamos las esparteñas por calcetines de hilo y botas de agua que le suministro de mi propio zapatero.

- Bien, ya estoy lista Tula. Desde luego..., estamos como un rebaño de cabras ¡Mira que salir al campo con este tiempo! -Dice Irene sonriente-

- Uy tía Irene, ¡no te imaginas lo bien que lo vamos a pasar! - Le dice Marta-
- ¿Y eso que lleváis ahí qué es? - Pregunta señalando los arcos enfundados-
- ¿Esto? - Dice Esther levantando el suyo- Son arcos, tía. ¿Tú no sabes tirar?
- Pues..., no. Como no coja una escopeta de feria....
- ¡Anda prima! Le digo riéndome- Aquí el grupito es de arqueras, ya te enseñaremos a tirar y venga ¡Tooooooooooooodo el mundo al coche!

Felices, entramos en el pequeño Ibiza. La lluvia moja nuestra alegría acariciando unos corazones ávidos de aventura, es la fiel testigo de una tarde que promete estar cuajada de sensaciones.

- ¡Madre mía pero si os lleváis al gato! - Dice Irene al ver a Marta con el trasportín - Jajajajaja, desde luego me parece que no voy a aburrirme.

Enfilamos la carretera, en el cristal los relámpagos dibujan multitud de líneas temblorosas, tras la luminaria el trueno estalla en el aire. Arrecia, los parabrisas apenas pueden apartar la cantidad de agua que cae y noto como Irene se mueve inquieta en el asiento.


- Tranquila prima - le digo- Esto forma parta de la aventura. Niñas, por favor, contadle por encima qué es lo que va a encontrarse.

Las peques se atropellan en su relato queriendo tomar el protagonismo de la palabra, al final tengo que poner orden y ser yo quien le cuente quien es Pirú, qué es un Ojáncano, un Rementeador... Irene se asusta.

- Ostras primi, yo no sé si estoy preparada para enfrentarme a esas cosas, ¿eh?- Me estáis asustando por no decir que estoy totalmente acoj...

Las niñas se ríen y cortan la picardía que iba a decir. La tranquilizan contándole que nada ni nadie le hará daño en compañía de Pirú.

- Bueno... Ya que sea lo que Dios quiera - Dice dibujando una sonrisa que denota a partes iguales miedo y curiosidad-

Nos adentramos en el camino, hay grandes charcos que sorteo como puedo, el barro comienza a formarse y me preocupa. Hay un silencio expectante invadiendo el coche. Irene mira por la ventana pensativa y las niñas juegan con el gato que -como no- va fuera del trasportín. Hay viento, azota los cristales y dibuja líneas curvas en el agua que lucha por permanecer pegada a ellos. Son como lágrimas -Pienso-
A lo lejos diviso la encina donde solemos dejar el vehículo, tenemos una complicada subida hasta alcanzarla y el agua baja por el camino abriendo brechas en la piel de la tierra, profundas y anaranjadas venas que expulsan agua desangrando a la sierra. Meto primera y comenzamos a subir la empinada rampa, noto que las ruedas patinan hacia la derecha y todo el mundo se agarra instintivamente a las puertas. Despacio, tan lento como me permiten mis nervios vamos alcanzando al fin la cima mientras el agua se divide en dos al chocar con las ruedas intrusas. Un suspiro de alivio recorre el habitáculo, una no es precisamente Fernando Alonso y el personal lo sabe.

Ya debajo de la enorme encina, Irene pregunta si bajaremos con semejante temporal pero antes de que termine la frase, Marta y Esther ya están fuera con Narizotas que salta y retoza animado entre el pasto. Se lo va a llevar el aire - Pienso mirando al gato danzarín-

- Bien, en marcha - les digo- Esther, por favor, contacta con Pirú y ve si el camino está libre de peligros.

- Ya lo he hecho tita, me ha dicho que avancemos sin problemas y si algo nos retiene, él está vigilante y no debemos preocuparnos.
- Pues entonces coged los arcos, vamos a montarlos antes de iniciar la marcha. - Les digo-

Irene se queda sorprendida cuando ve la destreza con la que las niñas prueban sus armas contra una encina que hace de parapeto. Sonriente le prometo que pronto ella también será capaz de hacer algo semejante pero antes.... Tiene muchas otras cosas que aprender.

La vereda que nos conduce hasta la casa-cueva de Pirú está embarrada así que caminamos bordeándola, sintiendo el pasto mullido hundirse bajo nuestros pies. El agua lo vuelve como oro líquido y su rigidez cede ante la humedad que lo conquista. Bordeamos unos roquedos donde a pesar de la insistente lluvia, paramos para fotografiar a nuestra compañera de aventuras con el gato en brazos. Reanudada la marcha, vemos con desánimo como el arroyo ha crecido de tal manera que nos impide pasar al otro lado.

- ¿Y ahora qué hacemos, Tula? - Pregunta mi prima-
- Por lo pronto ajustarnos bien las capuchas, no dejéis que se os moje el pelo u os constiparéis. Y después... Subiremos algo más bordeando la vereda para ver si más arriba el cauce se estrecha.

Iniciamos el lento subir, la temperatura desciende y el plástico de los chubasqueros se enfría, aprieto el paso para que no tengan tiempo de sentir la desagradable sensación térmica.

- ¡Mira tita! ¡Ahí el arroyo se estrecha! - Grita Marta corriendo tras Narizotas que es quien de un salto se ha colocado en un pequeño montículo de tierra desde donde se avista el otro lado-

- Efectivamente, pero hay un buen salto desde aquí hasta la otra orilla.

Las cuatro nos paramos sobre la elevación, del otro lado nos separan casi dos metros de altura y una anchura de poco más de uno. Dudo.

- ¡Jo tita! Venga ¡Pasemos de una vez! - Me dice Marta-

Las miro, sopeso las posibilidades... Es cierto que mientras más subamos más tendremos que retroceder para tomar el camino que lleva a Pirú, pero tengo miedo de que puedan hacerse daño al saltar. En esas cavilaciones andaba cuando vemos a Narizotas precipitarse al otro lado y perderse corriendo entre la maleza.

- Ya estamos- Les digo- Este bicho siempre igual de loco.

No terminé la frase cuando lo vimos volver con algo sobre su cuello....Un pequeño ser agitaba sus manos aferrado al collar de Narizotas ¡Era Bartolín! ¡El duende!
Las niñas casi se vuelven locas de alegría así que sin pensárselo dos veces se colocaron a su lado de un gran salto dejándonos a Irene y a mí sorprendidas.

- Tula... ¿Ese es el duende? ¡No me lo puedo creer! - Me pregunta mi prima alucinada-
- Venga, quiero presentártelo - Le digo cogiéndola del brazo y animándola a saltar-

Una vez reunidas, invité al fantástico ser a subir a mi mano y de ella, lo deposité en la de Irene que sonriente le puso la otra a modo de paraguas para que no se mojara.

- ¡Mmmm, me gusta mucho vuestra prima! - Dijo acomodándose entre sus dedos-
- ¡Vaya, duende traidor! - Le dicen las niñas riéndose.

Envueltas en chanzas y risas estábamos cuando vimos descender una hermosa barquichuela. Era blanca, muy luminosa y no rozaba las aguas sino que flotaba sobre ellas suspendida en el aire...Instintivamente retrocedimos un paso, otro más y luego otro. A bordo de la misma, una bella mujer muy alta, de cabellos verdes que descendían hasta su cintura, estática pero sonriente nos saludaba con una mano. Tenía prendido al pelo nenúfares y otras flores de agua que se mecían con el viento. La cara y toda su piel parecía de nieve, sus ojos extremadamente cristalinos podían contener el color y la profundidad de los océanos.


- Es una Náyade - Susurra Esther-
- ¿Una qué? - Pregunta Irene maravillada por la visión de la mujer-
- Tita Irene, una Náyade, un hada de las aguas. Le dice con voz apenas audible.

De repente, una melodía nos envuelve, es un cantar suave y lejano que nos despierta en el alma la sensación de haber oído antes esas notas antiguas, perdidas ya en las dobleces del tiempo. En nuestra cabeza escuchamos su voz cantarina.

- Bienvenidas a mis dominios, soy Kore. Subid, Pirú os espera al otro lado de las brumas.

Extendió ambos brazos y al hacerlo, las gasas que los cubrían dejaron al descubierto unas extremidades níveas, tan finas que parecían frágiles como los juncos de los arroyos. Las niñas se adelantaron encantadas pero ya las retuve.

- ¡No! Esperad. Pirú no nos ha hablado jamás de ella y miles de peligros acechan este bosque. Quiero consultar la rosa antes de subir.

Las niñas me miraron con cara de fastidio pero Irene me apoyó. Extraje la rosa de la mochila, la deposité en el suelo y a continuación la salpiqué con aquellos polvos azulados que abrían mágicamente la comunicación con el mago. Mi prima estaba desbordada de emociones ante tantas experiencias. Al abrirla, Pirú apareció con su sonrisa de siempre, sin darme tregua preguntó.

- Amigas, ¿qué hacéis todavía ahí? ¿Es que no ha llegado Kore aún?
- Pirú, es por eso que quería verte - le digo un tanto avergonzada- Kore está aquí pero como no sabíamos nada...
- Entiendo amiga mía, entiendo. Has hecho bien, pero podéis subir tranquilas a la barca del hada que os envío, es de toda confianza querida tita pitusa. - Dice sin perder su habitual sonrisa - ¡Oh! ¡Irene, es un placer conocerte, espero que pases una tarde inolvidable con nosotros!
- ¡Gracias Pirú! -Contesta exultante de alegría- La verdad es que todo está siendo muy emocionante.
- Pues entonces no perdáis más tiempo, os estáis poniendo perdidas de agua así que subid a la barca sin más demora. Disfrutad del paisaje, chicas.

La rosa se cerró, Kore miraba sin perder su sonrisa y volvió a hacernos el gesto de invitación para embarcar. Esta vez sí, no tuvimos dudas. Nada más poner el pie en la barquita, nos dimos cuenta de que allí, ¡no llovía! Era increíble el poder de la magia, veíamos la lluvia caer fuera de lo que ocupaba aquel nuevo modo de transporte pero nuestro espacio estaba seco.
La barca se elevó por encima de las aguas y más allá. Las brumas se hicieron espesas y la visión se dificultaba pero en realidad estábamos tan absortas en los cantos de Kore que nada nos distraía de ellos. El gato se había acomodado a los pies del hada que encantada con el animal lo recogió para acunarlo entre sus brazos. Deliciosa tarde mientras la lluvia densa caía fuera de aquel mágico espacio que recogía nuestras ilusiones, condensadas y almacenadas en cuatro corazones emocionados por vivir aquel momento.
Aquella especie de canoa era blanca y alargada y estaba decorada con motivos vegetales dorados muy suaves, apenas perceptibles. Cuando nos bajamos nos pareció como si esos motivos se transformaran llevándose entre luz aurífera a nuestra guardiana de aquella tarde, tal vez sólo sean imaginaciones mías, o tal vez sea éste el modo en que quiero recordarlo. No sé...
La mujer hada se marchó y nos dejó en un frondoso bosque donde el aroma a tierra mojada y hierba verde era penetrante. Vi como las niñas tomaban aire profundamente y cerraban los ojos saboreando ese contacto íntimo con la Naturaleza. A no mucho tardar nuestro amigo aparecería.

- ¿Oye y tú a qué te dedicas?- Le preguntó el duende a Irene - ¿Eres maga?
- Jajajaja, que va Bartolín. Trabajo en un banco. - Le contestó-
- ¿En un banco? ¿Y te pasas el día sentada en él? Pues no sé qué clase de trabajo se puede hacer en un banco, la verdad. Pirú tiene algunos a la entrada de su casa y a veces se sienta en ellos a leer pero no se qué otra cosa podrías hacer.
- ¡Bartolín, en un banco de los del dinero! - Le dijo Esther entre risas-
- ¿Qué es eso? ¿Es que la gente no mágica utiliza los bancos para algo más que sentarse? - Preguntó el duende aún más confundido-
- Bartolín, en nuestro mundo no existe la magia, hay que trabajar para poder comprar cosas y así vivir. Hay unos lugares donde guardar el dinero que ganamos trabajando - Le digo-
- Desde luego.... Sois una gente muy rara... -Contesta el duende extrañado-

Intentábamos explicarle a nuestro pequeño amigo qué era un banco justo cuando Pirú apareció frente a nosotros. Túnica color musgo ceñida con un cinturón de cuero y su habitual báculo, hoy además traía un sombrero picudo que hizo las delicias de todos. Pirú sí que era un mago en toda regla y no esos que salían en televisión engañando a todos con sus trucos.


- ¡A mis brazos pequeñas! - Exclamó elevando las manos

Esta vez no solo no me contuve sino que además arrastré a Irene que permanecía inmóvil e impresionada ante la presencia de aquel ser tan maravilloso. Todas nos unimos en un fuerte abrazo rodeando al mago con tal ímpetu que al final rodamos por el suelo. Las risas explotaron inundando el lugar con su prodigioso sonido, risas que aumentaron cuando Narizotas se posó sobre el pobre mago yacente en el suelo y comenzó a jugar con su larga barba. La visión era tan divertida que respirar se hacía una tortura.

- ¡Bien niñas, ayudad a este pobre aprendiz de brujo a poner en pie su apostura antes de que todas las criaturas del bosque vengan a reírse de su persona!

Le ayudamos a recomponerse y una vez devuelto el sombrero al lugar destinado para él, le pedimos que nos guiara hasta su bella cueva dorada. Volvimos a aquella estancia preciosa, decorada con sillas talladas en formas florales y la mesa central asemejando una rosa donde el pasado invierno ardía una fogata que caldeaba extraordinariamente el lugar. Irene se quedó atónita, me miraba y luego me preguntaba si todo aquello era real ¡Como la vida misma! Le contesté en todas las ocasiones.

- Sentaos niñas, sentaos, he dispuesto una deliciosa merienda para vosotras-

Tomamos posesión de una espesa manta de colores que estaba situada junto a la chimenea encendida. Había que caldear el lugar algo frío debido a las lluvias. Cerca de la manta y rodeándola por tres de sus cuatro costados había dispuestas unas mesitas bajas con gran variedad de frutos secos, dulces de colores y bebidas calentitas como chocolate, té y café. Irene fue la primera en servirse un chocolate y degustar los apetitosos dulces.
Al minuto apareció el Trastolillo dispuesto a hacer de las suyas a los visitantes.

- ¿Otro duendeee? - Preguntó Irene sorprendida-
- Tita Irene, es un duende doméstico muy travieso así que ándate con ojo - Le dijo Esther-
- Pero bueno mona ¿Y tú como sabes tanto de estas cosas?
- Es..., una larga historia tita. Ya te la contaré- Contestó Esther haciéndose la interesante-

Pirú nos agradeció con su innata cortesía aquellos dulces que le llevábamos y mientras daba buena cuenta de ellos, contó una historia preciosa sobre la dama de los árboles a la que nadie ha visto desde hace milenios. También nos dijo que Kore era una reina justa y que nunca había hecho mal entre los de su raza, sin embargo, estas hadas tenían un enemigo en los bosques que eran unos enanos feos y mal encarados que secaban las fuentes para hacer daño a las criaturas.
Nos habló más tarde de los duendes del viento y de cómo le habían salvado una vez de las garras de un Remeanteador. Todas sus historias eran maravillosas y la tarde caía plácidamente en el exterior de la casa. De nuevo, las nubes hicieron acto de presencia amenazando con sus panzas cargadas de agua.

- Chicas, creo que deberíamos volver ya, ¿no os parece? Tiene pinta de volver a llover - Dije con muy pocas ganas pues mi corazón quería quedarse a toda costa-
- ¡Jooooooooooooooooo tita pitusaaaa no seas aguafiestas! - Dijo Marta.

En ese instante, un fuerte golpe nos hizo caer al suelo violentamente provocando que Pirú y los duendes rodaran literalmente por la estancia. Otro golpe, otro más...

- ¿Qué es eso Pirú? ¿Qué está pasando? - Preguntó Irene asustada-

Un nuevo golpe impidió que el mago contestase.

- ¡No os levantéis, permaneced tumbadas queridas niñas! - Nos gritó en medio de aquellos bastonazos que se hacían cada vez más intensos y profundos.
Narizotas haciendo honor a su inquieta naturaleza, saltó por la ventana para ver qué sucedía y Esther quiso salir corriendo tras él. Suerte que estaba cerca y la sujeté por la camiseta tironeando de ella hasta ponerla a mi lado.

- ¿Pero tú estás loca? ¿Adónde te crees que vas? - Le dije enfadada-
- Tita el gato.....
- El gato se sabe cuidar solo ¿No has oído a Pirú?

Al instante el minino volvía muerto de miedo y se metía entre los brazos de Esther buscando su protección. Dios mío... ¿Y si era un Rementeador lo que había fuera?
Los golpes cesaron pero unas sombras inquietantes invadieron la estancia. Unos jirones de brumas negras y espesas comenzaron a rodearnos al tiempo que Pirú nos gritaba que nos levantáramos rápidamente y nos colocásemos muy cerca de él. Obedecimos al punto y entonces giró su báculo alrededor hasta trazar un círculo de luz dorada donde las nieblas no pudieron entrar.

- Esto es cosa de ese maldito mago negro. Óminor ha reclutado a un ejército de Roblones que se dedica a destruir todo cuanto supone belleza y lozanía. Les ha prometido esta parte del bosque y con ésta son tres veces las que me han atacado ¡Pero esto no va a quedar así!
- ¿Roblones? – Pirú ¿Qué es eso? – Pregunta Marta asustada.

En un momento de calma donde pareció que los golpes disminuían, el mago nos explicó qué era un Roblón.

- Un Roblón es un ser incluso más grande que el Ojáncano, los grandes magos y ancianos del lugar cuentan una historia repetida de padres a hijos. Antes, era un roble normal y corriente, muy viejo y con un gran hueco en su tronco. Una tarde, se desató una gran tormenta en el bosque y una joven y bella muchacha buscó cobijo en él. Estaba muerta de frío así que se apretó fuertemente contra las paredes del árbol y éste, sintiendo la tibieza y lozanía de la chica, su frescura y bella sonrisa… La atrapó en un abrazo mortal y la absorbió.

Irene dio un respingo al oír la leyenda.

- Jo prima, menudos artistas habitan este bosque… Ahora no voy a estar tranquila cada vez que mi padre salga, de verdad, Tula. – Me dice en tono de creciente preocupación-

Le sonrío para tranquilizarla, justo eso que había dicho es lo que yo he pensado tantas veces. Pirú continuó con el relato.

- Entonces, al absorber todo el cuerpo de la joven, el árbol tomó savia nueva y comenzó a crecer desmesuradamente, sus raíces se extendieron de tal manera que terminaron robando a los árboles y arbustos más cercanos no sólo el agua, sino también su savia.

- Pirú…, entonces ¿Qué aspecto tienen ahora esos Roblones? – Preguntó Esther-
- Pues…, desde luego un aspecto más bien extraño. Presenta una larga cabellera de hierba medio seca que se descuelga en grandes mechones desde sus ramas más altas. Dispone de una cara rugosa compuesta de ramas de diferentes árboles, de este modo, su nariz es de encina, la frente ancha y arrugada, de haya, las barbas de brezo y los brazos son dos troncos de abedul ramificados hacia el final haciendo de dedos. Tiene piernas robustas de fresnos en todos los tamaños, son nervudas y ágiles y puede andar kilómetros y kilómetros sin sentirse cansado.

- Pirú ¿Qué queda entonces del antiguo roble que fue? – Preguntó Irene muy intrigada-
- Querida niña, tan sólo el corazón y las mandíbulas.
- ¿Y hay algo de la chica que ….? – Preguntó Marta muy asustada-
- De aquella hermosa joven tiene los ojos, que abrasados de dolor están envueltos en espinos que arden permanentemente, de este modo, por la noche son mucho más fáciles de ver.
El Roblón se ha convertido en el azote de la montaña. Los golpes que oís no son más que sus pisadas que hacen temblar al bosque, su respiración asusta a los otros árboles y su sombra es una nube negra y espesa… Destroza todo lo que haya a su paso, sea lo que sea: cabañas, setas, flores y especialmente fuentes, donde mete sus raíces y pies para absorber el agua y dejarlas secas. Ahora, se han multiplicado y con ellos… El peligro.

- ¿Y qué hacemos? – Pregunté preocupada-
- No salgáis del círculo –Contesta Pirú- Estas brumas son sus sombras. Han venido alertados por Óminor, estoy seguro de que debió sentir vuestro corazón joven y por eso justo en este momento están ahí afuera. No sólo me quieren a mí, también a vosotras….
- ¡Pero si es sólo un árbol!- Exclama Irene-
- Querida niña, no sólo es un roble. Acércate despacio a la ventana. – La tomó del brazo y con mucho sigilo la llevó hasta el ventanuco pequeño de al lado de la biblioteca. Irene no pudo reprimir un grito de espanto ante la visión.
- ¡Pero es monstruoso!- Gritó-
- Lo es ciertamente…. – Le dijo Pirú volviendo al círculo protector-
- Bien – dije sin demasiado convencimiento- Mantengamos la calma y podremos salir de aquí sin problema.
- Escuchad chicas – Nos habló el mago- Los Roblones son fuertes y malvados, pero no dejan de ser árboles. Prepararemos unas flechas incendiarias que dispararemos a sus barbas o a la cabellera y de ese modo, podremos quitárnoslos de encima.

- Pero Pirú – Pregunta Esther – Esos seres llevan el fuego en sus entrañas, ¿les hará efecto el que nosotras les disparemos?
- Sí Esther, una cosa es el fuego de los ojos y otra bien distinta el fuego provocado por una llama externa. Afinad el disparo y pronto desaparecerán.

Eché un vistazo afuera desde la pequeña ventana, los Roblones se habían sentado en la puerta de la cueva y permanecían atentos a cualquier movimiento que se detectase en su interior. Las sombras que proyectaban nos llenaban de brumas espesas, negras, provocando desasosiego en nuestros corazones, así que Pirú nos volvió a encerrar en aquel círculo dorado que dejaba en el exterior cualquier efecto de la maligna neblina. Al cabo de un rato volvió con un haz de flechas, telas y un ungüento que resultó ser brea. Pronto, nos pusimos a envolver las puntas de las saetas con aquel líquido pastoso, cuando reunimos un buen número, solo quedó esperar las órdenes del mago.


- Bien, mis valientes chicas, ahora prenderemos las flechas con el fuego de la chimenea. Irene, no tengo demasiado tiempo para explicarte cómo funciona un arco pero te hago dos recomendaciones rápidas: tensa la cuerda hasta llevarla a tu mejilla y luego suelta, hazlo lo mejor que puedas sin preocuparte, tienes una buena diana.  No sueltes la cuerda en vacío, puedes provocarte graves heridas ¿Entendido? Ahora, coge el arco, así…Separa los pies, tensa la cuerda y lleva este pequeño botón hasta tu boca… ¡Estupendo!

El mago puso en manos de mi prima el arma dándole unas ligeras instrucciones, colgó a su espalda un bello carcaj de cuero repujado en colores totalmente repleto de flechas envueltas en brea. Nosotras ya estábamos dispuestas.

- Irene, tú estarás con tu prima en la ventana junto al sillón dorado, esperaréis mis órdenes para disparar. Esther y Marta, a la ventana junto a la biblioteca,  es más pequeña y tenéis menos posibilidades de salir heridas.

- ¿Y tú dónde te pondrás, Pirú? – Le pregunté.
- Yo… Abriré la puerta.

Acto seguido, tomó unos pequeños braseros que llenó con ascuas ardientes, los colocó junto a nosotras; uno por arquera.

- Marta, si las llamas se apagan, corre junto a la chimenea y llena las estufillas lo más rápido que puedas.
- Entendido Pirú.

A continuación, el mago se deshizo de su sombrero y de una vez encendió todas las flechas que colocó en un carcaj de cintura. Pensábamos que se quemaría pero…. Un mago es un mago.

- Pirú me parece muy arriesgado que abras la puerta tú solo. – Le dije-
- Tranquila tita pitusa, vosotras haced lo que os digo y todo saldrá bien.

La puerta se abrió y un sonido de ramas secas invadió nuestros oídos, allí estaban esos monstruosos seres levantando sus brazos hacia el mago que rápido como el rayo empezó a disparar a diestro y siniestro.

- ¡Ahora niñas! ¡A la cabellera! – Dijo mientras disparaba a uno de los árboles que se le venía encima-

Irene demostró tener mejor puntería de lo que pensaba e hizo pleno en dos de las seis criaturas que nos acechaban. Raudas salimos de la cueva para auxiliar a Pirú, las ramas incendiadas se nos venían encima.

- ¡Tita detrás de ti! - Gritó Esther- Por suerte pude esquivar al más grande de todos que venía hacia mí con cara de muy pocos amigos. Flecha certera en todo lo alto.

La refriega continuaba a pesar de lo dañados que se encontraban aquellos seres. De repente y ante un despiste de Irene que al tomar una de las flechas se había quemado ligeramente las manos, un Roblón la atrapó por la cintura y la elevó a muchos metros del suelo. Asustada, dejó caer el arco y lo peor es que a la espalda llevaba varias flechas en llamas…

- ¡Suéltame bicho feo, que pareces una patata con pelooos! – Pataleaba intentando escapar de las sarmentosas manos de su captor, pero todos los esfuerzos eran baldíos ante la poderosa fuerza del árbol-

- ¡Ireneee! – Grité asustada-
- ¡Tulaaaa, bájame de aquiiiiii! – Manoteaba al aire con creciente nerviosismo-

El carcaj con las flechas encendidas cayó al suelo, de repente, el Roblón impresionado por la belleza de Irene se la acercó al rostro que era ya una llama de enormes dimensiones, Marta le había acertado de lleno en las barbas y su cabeza se había prendido. Mi prima pudo ver aquellas enormes cuencas repletas de espinas ardientes y sintió un miedo galopante. Nada de lo que había vivido hasta ahora era comparable con el terror que le provocaba aquella visión. Entre llamaradas naranjas se hacían presente unas brasas rojas que transmitían el odio del mismísimo infierno. El árbol la elevó aún más y rugió con la fuerza de un titán. Nos tapamos los oídos de forma instintiva y Pirú nos alertó.

- ¡Nooo! ¡No os cubráis los oídos! –Seguid luchando, no os paréis o acabarán con nosotros!-

-En ese momento, del arco de Esther salió una flecha que voló hasta la mano del Roblón que sujetaba a mi prima, inmediatamente se incendió. Me asusté ¿Qué pasaría si no la soltaba? Pero el árbol, viendo que ardía por varios costados abrió la mano instintivamente y dejó caer a su presa desde varios metros.

- ¿Estás bien Irene? – Corrió el mago a su auxilio-
- ¡Si Pirú, dame mi arco y continuaré! – Gritó con gran valentía-

Pero no fue necesario, pronto, las llamas comenzaron a hacer mella en los enormes Roblones que asustados salieron corriendo como alma que lleva el diablo. Les vimos encaminarse hacia los arroyos cercanos, pero Pirú conmovido en su gran corazón lanzó un hechizo para convocar a las nubes. Entró en la casa y salió con su inseparable báculo y su sombrero, alzó los brazos al cielo y dijo:

- ¡Nuberus que habitáis entre la bruma del cielo, traed el agua de las nubes hasta los suelos! ¡Aquam agoraaaa!

Ante nuestros ojos, unos geniecillos diminutos aparecieron cabalgando sobre una legión de nubes negras que nos cercaron en menos de un minuto. La tormenta estalló y de aquella esponjosidad grisácea salieron granizos y agua en cantidad suficiente como para apagar el fuego de un bosque entero. A lo lejos, vimos el humo que salía de los árboles al caer sobre ellos el líquido elemento salvándolos de una muerte segura. Pirú sonrío satisfecho.

- Niñas, nunca hay que causar daño innecesario. – Nos dijo guiñándonos un ojo-
- Oye Pirú- preguntó Marta- ¿Y esos duendes que salieron de entre las nubes?
-Son Nuberos, geniecillos no muy buenos pero sabiéndolos controlar pueden actuar en beneficio de quien los convoca. Hoy, han servido para apagar el fuego de los Roblones y evitar que murieran.
- Bueno… Y evitar que secaran los arroyos -Apuntó Irene-
- Claro querida niña, también para eso.

Volvimos a la cueva donde todo era paz y tranquilidad. Nos miramos para darnos cuenta de que nuestras caras estaban llenas de tiznotes negros; el rostro con más manchas por milímetro era sin duda el de Irene. Al observarnos no tuvimos por más que reír a carcajadas ante la visión divertida de nuestro aspecto. Nos aseamos y a continuación dimos buena cuenta de la merienda porque, ahora sí, teníamos un apetito voraz. La tarde se perdía entre las montañas dando la bienvenida a la anaranjada noche, inevitablemente había que regresar.

- Pirú, no sé si tendremos aventuras tranquilas alguna vez pero aunque no fuese así, siempre merece la pena verte. Siempre, no lo olvides – Le dije abrazándole-
- Mis queridas, queridas niñas….

Le rodeamos abrazándole tan fuerte que casi le dejamos sin respiración.

- ¡Bueno, bueno! Dejad respirar a este pobre anciano que quiere vivir para invitaros a una merienda la próxima semana.
- De acuerdo Pirú, pero por favor, si no tienes leña para la candela, utiliza carbón – Dijo Esther a modo de sorna provocando las risas de todos-
- Irene, espero contar contigo más veces – Le dijo a mi prima cogiéndole cariñosamente las manos-
- ¡Cuenta conmigo! ¡Yo me apunto a un bombardeo!
- ¡Noooo, bombas no! – Exclamó Pirú riéndose. De nuevo las risas tomando posesión de nuestros corazones.
- Bueno chicas, emprendamos el camino de vuelta pero…. ¿Dónde está el gato?- Dije mirando a uno y otro lado-

Hasta ahora no habíamos caído en la cuenta de que Narizotas había desaparecido en medio de la refriega, la última vez que le vimos iba corriendo detrás del Roblón que había capturado a Irene.

- Mirad, por ahí viene – Dijo Pirú-

Venía acompañado de los dos duendes y con la cola chamuscada. Feliz de haber salido con vida de aquel infierno y dispuesto como no, a volver cuanto antes.

- Bueno chicas, hasta la próxima, os dejo con Kore que os llevará hasta vuestro coche. –Sonrió Pirú señalando detrás de nosotros-

Allí estaba de nuevo la reina Kore que amablemente volvió a acogernos en su barca. La noche caía y aquella preciosa canoa se elevó alejándose del bosque hasta que el mago no fue más que un punto perdido en el horizonte. Al llegar al coche, las despedidas de rigor y el corazón inflamado de sensaciones.

- Tita –dijo Marta- Pon música para relajarnos.
- A la orden – Contesté-
- ¿Sabes prima? - Dijo Irene- Cuando tenga mis gemelos, si uno es niña le pongo de nombre ¡Candela!

as risas invadieron el pequeño Ibiza y poco a poco, consumimos la carretera que nos devolvió hasta casa. Esta aventura había terminado.




AVISO: Cuento perteneciente a "Aventuras con Pirú", inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual.

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