lunes, 2 de marzo de 2015

QUI ÊTES-VOUS, CAMILLE?


Atardecer lluvioso en la vieja Francia; Reyes paseaba por la estancia algo nerviosa a la espera de que Odile regresara y poder abrir por fin los baúles. Todo había comenzado unas semanas atrás cuando había recibido una llamada de su amiga.

- Reyes, tienes que venir a casa, tengo unos baúles que pertenecieron a una bailarina que vivió entre el siglo XIX y principios del XX. Los he adquirido en una subasta, al parecer aparecieron en el desván de un viejo hotel de París.


- Pero Odile, estamos a finales de agosto y tengo que organizar toda la colección para otoño.
- Se llamaba Camille...

Odile sabía perfectamente como tocar la fibra sensible de Reyes, especialista en antigüedades y soñadora empedernida. No podía resistirse a unos baúles cargados de misterios del pasado.

- Mon ami, vous m´avez convaincu. Je vais prendre l´avion la semaine prochaine (Amiga mía, me has convencido. Tomaré un avión la próxima semana).

Ahora estaba allí, viendo llover por la ventana de aquel piso que daba a un parque del que nunca conseguía recordar el nombre. Las gentes iban y venían con los cuellos de los abrigos levantados y los paraguas bien sujetos para evitar que se volaran con el aire. En España, el tiempo era más amable en esas fechas, pensó.
Pasó sus dedos brevemente por la mesita chippendale que tenía a su derecha, pensando en lo efímero del tiempo y lo absurdo de las posesiones. Camille..., hace algo más de cien años esa mujer tenía una vida, ahora toda su vida se reduce a cinco anónimos baúles. Arcas guardianas de unos secretos que tal vez ella jamás hubiese querido desvelar. Sus pasos de baile flotan por la estancia y Reyes se estremece, los baúles, de la mejor calidad en su día, ahora permanecen arrinconados y mohosos en un rincón de la bella salita profusamente decorada con objetos de anticuario. Dos de ellos tienen una forma distinta, son los que se utilizaban para cargar en los carruajes y se imaginó a la mujer, de cuerpecito menudo y cara pálida agitando su mano enguantada por la ventana, despidiéndose de un marido, una madre o un hijo... Quien sabe.
Tamborileó los dedos una vez más, seguía lloviendo y decidió poner algo de música. Chopin estará bien para una tarde otoñal en el país del refinamiento. 


El piano y la lluvia se mezclaron con el silencio de sus pensamientos, de repente, un portazo la sacó de sus reflexiones.

- Disculpa Reyes, me he retrasado porque quería que celebrásemos el momento a lo grande.

De su enorme bolso extrajo una botella de champagne, aquella mujer era capaz de sacar de ese saco cualquier cosa maravillosa, a menudo, recordaba a Mary Poppins....

-¡Pero Odile! ¿Te has vuelto loca? ¡Es un Perrier Jouët!
- Camille bien merece un esfuerzo. ¿No crees?

Odile encendió todas las luces de la estancia y se dirigió a por unos punzones para saltar las cerraduras de los antaño carísimos baúles.
De rodillas frente a ellos, las dos amigas no podían ocultar su nerviosismo.

- ¿Preparada Reyes?
- Preparada.

La cerradura opuso resistencia y hubo que echar mano de buena dosis de paciencia y maña, tras unos minutos interminables, al fin cedía. Odile respiró profundo y levantó la pesada tapa.
Sombrillas de encaje podridas por el paso de los años y que en su día debieron ser de lo más exquisito, varios pares de zapatillas bastante bien conservadas, vestidos, tutús...

- ¡Abramos los otros!- Gritó Odile embriagada de curiosidad.

Una a una, las cerraduras fueron cediendo y los tesoros de aquellos baúles fueron sacados a la luz.

- Mira esto...¡Son cartas y fotografías!- Dijo Reyes excitadísima con el descubrimiento del contenido del baúl que había abierto ella.

Una fotografía de un señor guapísimo y otra de un infante aparecieron en perfecto estado de conservación, las dos amigas se dispusieron a leer la correspondencia y a averiguar quien era la enigmática Camille.
Se sentaron sobre la alfombra, con las manos y la cara manchadas por el polvo de los años y el corazón inflamado de ternura y curiosidad a partes iguales.
Odile se dio cuenta de que el paquetito que ella tenía, eran cartas devueltas.... Probablemente por aquel señor elegante que aparecía en las fotos. Estaban cerradas y atadas por un lazo de seda que al intentar quitar se desvaneció entre sus dedos.
El destinatario de todas estas cartas es Enguerrand de Méritens, debe ser el señor de la foto y todas están sin abrir.... Aquí pone... "Destinataire absent"

- Destinatario ausente....Vaya... Veamos qué pone.

Odile abrió con sumo cuidado el sobre, de él extrajo una cuartilla macilenta con la letra algo emborronada pero legible. Leyó en voz alta.

"Amado Enguerrand:

No puedo soportar más este silencio al que me condenas sin comprender el motivo, que me sume en un abismo de amargura por la imposibilidad de estrechar entre mis brazos al pequeño Auguste. Dijiste que la vida de una bailarina no era apropiada para criar a un niño, pero soy su madre y mi corazón sufre por este distanciamiento.
¿Es acaso correcto que lo críe otra mujer sin ser su madre? Oh, Enguerrand, aún no comprendo cómo puedo seguir queriéndote.
Los días se hacen interminables ante el recuerdo de mi hijo, de su carita suave y rosada, de su piel nívea procedente de la sangre rusa que, gustes o no, corre por sus venas. Las luces se apagan y el telón cae sobre el baile trágico de mi vida.
¡No es bueno ser amante y madre a la vez! Pronunciaste con esa voz que antaño me pareció dulce y misteriosa... Y saliste por aquella puerta con Auguste sonriéndome ajeno a mi tragedia. Desde mi soledad envuelta en tules y cintas de raso, te pido una vez más ver a mi hijo y ..., rodearos a ambos con mis brazos ya que mi absurdo corazón jamás dejará de amarte"
Tuya siempre,
Olya Kuznetsova (Camille)

Odile aflojó sus dedos y el papel se dobló sobre sí mismo por el peso de los años. - Era rusa....- Susurró con el alma encogida por la historia que acababan de desempolvar. Dejó la carta en la alfombra para abrir otra cuando advirtió que una lágrima le impedía ver con claridad, levantó la vista y advirtió que Reyes lloraba en silencio. Conmovida con la historia de la bailarina, su corazón se había desbordado.
Una tras otra, las cartas fueron desfilando por las manos de las dos amigas. Había material suficiente como para poner toda una vida en pie.
Camille (Olya), había vivido su infancia y primera adolescencia en Rusia, pero su talento para el ballet la llevó hasta Francia donde brilló durante años en los mejores teatros. Su vida personal no parecía haber gozado del mismo éxito y se dibujaba una mujer atormentada a causa de una azarosa vida amorosa y la trágica ausencia de su hijo.
Reyes sacó un vestido típico ruso con el que debió bailar en sitios de renombre. Lo tocó con extremada delicadeza para evitar que la tela raída acabara de descomponerse. Camille no debía medir más de un metro sesenta y cinco y parecía estar extremadamente delgada en su juventud, sin embargo, en otro de los baúles aparecieron vestidos algo más ligeros y de talla muy superior que hizo pensar a las amigas que bien pertenecían a una mujer distinta o como todo parecía indicar, sus últimos años los vivió con algunos kilos de más.
Documentos, fotografías, vestidos, zapatos, encajes, lazos... Toda una vida guardada en cinco baúles. ¿Qué pudo suceder? ¿Por qué nadie había reclamado esos carísimos arcones y su contenido? ¿Murió Camille en ese hotel? ¿Por qué habían permanecido sus cosas allí? ¿Qué fue de su hijo y del señor de la foto? Enigmas en la noche parisina lluviosa y cargada de misterios..., por los siglos de los siglos.
El reloj de la estancia marcó las doce de la noche y Odile pensó que sería bueno descorchar el champagne para celebrar que Camille y su historia habían sido sacadas a la luz después de un siglo durmiendo en el olvido.

- ¡Por Camille! - Levantó su copa Odile-
- Por todas las mujeres valientes - Contestó Reyes chispeante de emoción por las vivencias de ese día-

NOTA IMPORTANTE: He compuesto esta pequeña historia a partir de una original que mi querida amiga Reyes me contó. Existen los baúles adquiridos en subasta y su extraña procedencia, como existió la bailarina rusa a la que no hemos podido poner nombre. Las zapatillas, los vestidos, los documentos y las fotos del señor bello y el niño, también son reales, así como las preguntas que se plantean al final del relato. Existe igualmente la amiga de nuestra amiga, a la que por respeto he inventado un nombre y una personalidad.
No sabemos qué pasó con esta ya "nuestra bailarina", pero agradezco que sus cosas hayan servido para poder compartir con vosotros este breve relato. Os pongo una fotografía de las zapatillas encontradas en uno de los arcones.

AVISO: Relato inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual, prohibida su copia total o parcial así como su difusión sin permiso expreso de la autora.

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