jueves, 26 de febrero de 2015

TORMENTA EN CASA ENCANTADA


Vaya tarde que llevamos...Otro relámpago, Esther se tapa los oídos, Marta corre como alma que lleva el diablo y el nuevo gatito que hemos adoptado, se esconde bajo el sofá.

- Tita, ¿nos llevas a la Casa Encantada? Nos encanta ver llover allí.- Apunta Esther que es una aventurera de cuidado...
-Mmmm ¿con estos truenos?-
- ¡Siiiiiiiii, siiiiiiiii tita Pitusa por fa, por faaaaaa! Prometemos no bajarnos del coche.- Marta zalamera me hace ojitos.
-De acuerdo, pero el gato se queda.Y si vamos, es para bajar y entrar.

-¡El gato viene! -Replica la abogadilla de Esther-
- ¡Pero mona! ¿Cómo vamos a llevarnos al gatillo? ¡Si está como un rebaño de cabras, sólo hará dar la lata!

Ojitos, esta vez de Esther.

-Vaaaaaaaaaale, es que hacéis conmigo lo que queréis. Tita pitusa, tita pitusa... ¡Más bien tita de trapo!

Risas de las niñas y ojos curiosones de gatito recién adoptado.

- ¡Venga Narizotas, que nos vamos de aventuras con la tita!- Dijo Esther exultante de felicidad por poder compartir un viaje con el nuevo minino.

Montamos en el coche y ponemos rumbo a Casa Encantada. El gato, hace gala de una sinvergonzonería insólita y se lo pasa de miedo con las niñas en el asiento de atrás. No tiene miedo y salta de Marta a Esther jugando con todo lo que pilla. Va fuera del transportin...Ejem.
Un trueno... La lluvia cae trayendo un intenso olor a tierra mojada que nos rodea y hace que inflemos los pulmones entornando los ojos de manera instintiva.

- Tita pitusa que bien huele a tierra mojada- Dice Marta.
- Sí monas, es un olor maravilloso, nos conecta con lo primigenio y nuestro ser se estremece. Eso nos recuerda que todo lo que nos rodea está hecho de la misma sustancia que nosotros, por eso nuestro cuerpo reacciona así.
-Pero tita, eso no puede ser porque mira las piedras...
-Esther, al final en nuestro último componente, el más pequeñito, pequeñito, todos somos lo mismo..., seres vibratorios en un entorno vibratorio. No lo he explicado bien, pero creo que lo entiendes.
-Uy, que bonito es eso, cuánto sabes tita pitusa...
-Mmmmm, eso suena a pitorreito sobrinero....
- Jajajajaja, anda tita, pon musiquita que vamos a enseñar a bailar a Narizotas ¡Que sea de la nuestra!

Enfilamos la curva a la derecha adentrándonos bajo el puente de la vieja vía de tren.


El rostro de las niñas se relaja, el gatito se hace una rosca en las piernas de Esther que no cesa en sus caricias. Silencio, la música se desliza, la lluvia cae, los relámpagos iluminan el habitáculo y llena de luz las caras de mis sobrinas. Éste momento lo guardaré para siempre.
Llegamos hasta el silo y aparco, la lluvia arrecia y las peques no hacen ni por moverse. La casa aparece entre nubes, desolada, llena de sombras y más sola que nunca.

- Monas, poneos los chubasqueros, desembarcamos.
- Tita, ¿puedo entrarme a Narizotas aquí entre el chubasquero y mi camiseta?
- Esther, puedes hacer lo que quieras, tus padres no van a enterarse....

Feliz, abre la cremallera del ligero plástico salpicado de florecitas e introduce al gato, lo sujeta con sus manos y el animal, encantado con su aventura, asoma la cabeza y las manitas expectante.
La tierra permanece dura, aún no ha llovido lo suficiente como para que aparezcan charcos, el viento viene fresco y la tarde oscurece. Caminamos escuchando el ronroneo incesante de Narizotas y el golpeteo de la lluvia sobre los chubasqueros. Esther se detiene.

- Tita..., ¿has visto eso?
- El qué Esther... No seas bicho, no me asustes...
- Eso, allí junto al banco de baldosas amarillas. En la ventana del segundo piso se mueve algo. - Dice apuntando con el dedo índice de su mano izquierda.

Me asusto, Marta retrocede y Esther dirige sus pasos hasta la sombra que parece cobrar vida. De repente, se detiene y se gira hacia nosotras.

-¡Sois unas cagonas! ¡Las dos!

Marta y yo nos miramos. - ¡Tita que no se diga! Y la seguimos con más miedo que vergüenza. Un trueno. Las dos gritamos al unísono, Esther se monda... La sombra se mueve, pienso que puede ser la de un eucalipto o la de la palmera que se mece al otro lado. Me relajo pero Marta aprieta mi mano y susurra:

- Tita vámonos...

De repente, Esther se pierde entre las ruinas, un haz de luz iridiscente nos envuelve y explota en un millón de puntos luminosos. La Casa se transforma...

- ¡Tita, Marta, corred, tenéis que ver esto!

Entramos empujadas por una creciente curiosidad, las paredes descarnadas habían desaparecido, en su lugar, un tupido bosque cuajado de flores, el sol en lo alto y de fondo algo más que un rumor de agua comenzó a invadir nuestros oídos, una melodía excepcional acariciaba los sentidos de manera mágica. Nadie hablaba, no hacía falta. Esther nos hizo un gesto para que guardáramos silencio, descorrió la cortina de arbustos y ante nuestros ojos apareció un hermoso y cristalino lago, en él, unas bellas mujeres de largos cabellos color verde bailaban y cantaban sobre las aguas, iban vestidas con ropas azules que refulgían al sol y adornaban sus cabezas con flores y nenúfares. De sus sensuales labios se desprendía la dulce melodía que embriagaba los sentidos, sin embargo, nos pareció que los labios no se movían. De repente, las miradas de aquellas extrañas jóvenes se volvieron hacia nosotras y un halo de magnetismo y sensualidad se extendió por el lugar, temí que al descubrirnos, las bellas criaturas se marcharan.

- ¿Quienes son tita? Susurró Marta.
- Son Náyades, hadas de agua dulce, habitan en ríos, aguas y fuentes. No es fácil verlas.
- Dios mío....-Dijo Esther- son muy hermosas. El gatito acaricia su barbilla y la niña le sonríe sin apartar los ojos de las hadas.
-Sí, lo son, -afirmé- Son seres legendarios amantes de la música. La corriente de los ríos, las cascadas y en definitiva todo el mundo acuático tiene su ritmo.

De repente las hadas se diluyeron en el agua y la música se apagó. Me quedé analizando un rato el momento que acababa de vivir, pensé que merecía la pena rescatar la fantasía. De nuevo, el ronroneo del gato nos devuelve a la realidad. Las paredes vuelven a estar descarnadas y la lluvia retoma su son.

-¿Crees que debemos contar esto, tita?- Pregunta Esther con la cara y las manos cubiertas del polvillo dorado que dejan las hadas al pasar.
- No tesoro, creo que no. Guardaremos este secreto para siempre y lo compartiremos cada vez que sintamos la necesidad de reunirnos para hablar de cosas bonitas. ¿Qué os parece?

Las niñas asintieron, el gatito maulló divertido.

De vuelta a casa, el reloj marcaba las siete y media de la tarde, los relámpagos rasgaban el cielo plomizo dibujando miles de caminos brillantes y temblorosos. El relámpago se apaga y el sonido nos invade. Apretamos el paso y la lluvia nos acompaña. Tac, tac, tac, las gotas golpean el plástico de nuestros chubasqueros, el gatito se resguarda en el cuerpecito de Esther. Al fin llegamos, dentro del coche nos quedamos en silencio, saboreando nuestra última aventura.

- Tita pitusa, pon música. Que llegue al corazón de la fantasía y esté cantada por Elfos.


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