lunes, 23 de febrero de 2015

PIRÚ Y LOS REMENTEADORES


Sábado lluvioso, sábado de brumas y sueños, las niñas están inquietas y el gato ronronea abandonado a las caricias de Esther. De repente, la pregunta mágica.
- Tita Pitusa ¿Nos vamos de aventuras? Esther se frota la nariz y me sonríe.
- Pues....
- ¡Sí tita, sí por favor, venga que voy a por el transportin y metemos a Narizotas! -Apuntó Marta levantándose como un saltamontes-
- De acuerdo, preparadlo todo y poned al minino en su sitio, hoy saldremos a carretera así que no podréis sacarlo. ¿Me habéis oido? Les digo apuntándoles con el dedo.
Las niñas corren a por el transportin y se colocan sus chubasqueros y sus botas de agua mientras yo preparo una merienda a base de chocolate con almendras, galletas y zumos.
- ¿Listas? - Les pregunto cargando al hombro la mochila con lo que ellas llaman "pan del camino"-
- ¡Listas, tita! - Sonrisas XXL
Esther ha metido a Narizotas en el transportin que sigue ronroneando a sabiendas de que le espera una tarde divertidísima bajo la lluvia y en compañía de sus mejores amigas, Marta sonríe a la espera de que le de el móvil, ella siempre es la guardiana del mágico aparato.
Antes de irnos pasamos a recoger a un nuevo amiguito, es Iván, tiene once años y es un niño alegre y cariñoso que vive su infancia igual que mis sobrinas, disfrutando del maravilloso tesoro que otros a su edad, ya han perdido.

- ¡Papá, mamá que me voy de aventuraaaas! - Iván sale corriendo como un loco en busca de su chubasquero cuando le proponemos el plan para la tarde. Su cara refleja una felicidad sólo comparable a la noche de Reyes-
- Pero... ¿Vais de aventura lloviendo? No, no, no, mejor otro día Iván, hace frío y esta lluvia os calará hasta los huesos.- Dice la mamá del niño un tanto preocupada-
- Venga mujer, deja que se vaya, ¿qué iba a hacer solo aquí toda la tarde con nosotros? Seguro que con María José y sus sobrinas se lo pasa de miedo -Replicó el padre intercediendo a favor del sábado aventurero-
-¡ Sí, sí por favor mamiiiii! -Suplica el niño con cara de penita profunda-
Al final la mamá de Iván despliega una sonrisa y todos respiramos, eso significa que tenemos nuevo compañero desde hoy.

- Entonces ¡Eeeeeen marcha! -Les digo a los tres aventureros que corren a entrarse en el coche. La primera sorpresa para Iván se llama Narizotas-
- Iván, tienes que conocer nuestros secretos si quieres ser un aventurero pituso en toda regla- Dice Marta mientras pone al gato en brazos del niño-
- De acuerdo, contadme.
-Verás, -prosigue Esther- Cuando lleguemos al bosque lo primero que tienes que hacer es saludar a los Elfos ¿Hablas élfico?
- Pues..., no, no tengo ni idea.
- No te preocupes, nosotras te enseñaremos todo lo que necesitas saber. Mira, cuando lleguemos tú sólo di ¡Aiya mellon Eldas! Que significa: ¡Hola amigos Elfos! No olvides pronunciar la elle como dos eles.

Les miro por el retrovisor mientras les pido que vuelvan a meter a Narizotas en el transportín, salimos a carretera. Todos sentaditos y con sus cinturones siguen riendo y charlando, pronunciando palabras élficas que sólo ellos conocen y haciendo gala de una camaredería como no esperaba menos de los tres tesoros que llevo en el asiento de atrás.

- ¡Tita pitusa, música de aventuras please! -Habla Marta mientras de fondo se oye la risa de Iván y de Esther-


En unos segundos se hace un silencio esperado, los niños se dejan llevar por la melodía y observo a retazos sus ojos alucinados. Sus mentes viajan lejos del habitáculo del coche, están en bosques llenos de hadas, animales que van y vienen, un joven caballero, una reina, un castillo...Sueños infantiles en una tarde fría de invierno.

- Tita, ¿cómo se llama esta canción? - Pregunta Esther.
- La música de los dioses.



Y el silencio se reinicia tras un suspiro de Esther, la paz inunda mi reino, un reino donde las hadas tienen un nombre conocido y familiar.
La tarde se vuelve oscura, el cielo plúmbeo amenaza con desplomarse sobre nosotros, se cierra a derecha e izquierda extendiéndose entre los árboles y las pocas casas diseminadas en el monte. Tomamos el camino que nos lleva hasta la finca de Las Picazas y la lluvia da paso a un viento enfurecido que hace a los árboles inclinarse ante su majestad airada. El cielo sigue oscureciéndose y difuminándose en distintas tonalidades de gris, el personal del asiento trasero observa por las ventanas el espectáculo invernal. Comienzo a preocuparme, subo la calefacción porque el frío se hace pertinaz pero a la pregunta de si volvemos a casa, el no, fue rotundo y contundente.
De repente, algo blanco se posa en el parabrisas, sale despedido y se queda suspendido en el aire, inicia una danza al son del viento antes de caer al suelo y después desaparece. Otro más, otro... Está nevando.

- ¡Está nevando titaaaa!

Los niños pegan sus caras a los cristales embobados con la magia de la nieve, los copos son cada vez más grandes y numerosos pero ellos no quieren volver, desean bajarse para disfrutar del maravilloso espectáculo.

Llegamos y a penas paro el motor el gato ya está fuera, en unos segundos todos estamos de pie, colocándonos los guantes y cerrando bien la capucha de los chubasqueros para evitar que se cuele el frío. Ajusto las bufandas una a una, sólo veo naricillas rojas y ojos alucinados, afilados a causa de una sonrisa que permanece escondida bajos las ropas de abrigo. Miro que las botas de agua queden fuera de los pantalones y doy comienzo a la marcha. El gato va delante, saltando y retorciéndose en complicadas piruetas aéreas en busca del copo esponjoso que se le escapa entre sus manitas. Tiene el pelo salpicado de bolitas de nieve pero no quiere que Esther lo coja, prefiere ir andando. Bueno..., andando es un decir.
Bajamos una vereda inclinada y llegamos a un arroyo flanqueado por espeso monte bajo que nos dificulta el paso, Iván no duda en apartar el frondoso ramaje y abrir camino, ahora sólo queda pasar al otro lado.

- Está bien, yo iré delante - Digo examinando concienzudamente nuestras posibilidades. Entre la broza y el arroyo queda un angosto espacio resbaladizo que nos permite avanzar unos tres metros hasta el lugar donde se estrecha el cauce. Unas pizarras a uno y otro lado hacen de improvisado pasadizo, sin embargo, el espacio entre ellas es de casi un metro y hay que saltar.
Me quito el cinturón de los pantalones y lo ato por encima del chubasquero algo más arriba de la cintura, después, cojo a Narizotas y lo deposito dentro. El gato apoya sus patitas en el improvisado escalón que forma el cinturón y saca su cara sinvergonzona por el hueco que le deja la cremallera. Es hora de saltar. Primero arrojo la mochila que cae sin problemas al otro lado y luego sujetando con una mano al animal, cojo algo de carrera y me impulso. Caigo al otro lado sin dificultad, dejo a Narizotas en el suelo y ayudo a pasar a la chiquillería que loca de contenta ríe y grita ante la hazaña.
Un empinado camino se vislumbra entre el espeso monte. Caminamos observando como la nieve va depositando en la cúpula de los árboles una cabellera blanca que chorrea hasta las ramas más pequeñas. De repente, algo cruza como una exhalación, me detengo pero el gato corre veloz detrás de la extraña aparición.

- ¡Narizotas ven aquí! ¡Narizotas vuelve! -Los gritos de los niños no sirven de nada y el gatito se pierde entre la maleza. Preocupada pido que se esperen y me adentro en el monte; le llamo insistentemente pero no acude, así que decido volver junto a los niños para esperar un poco, guarecidos bajo el saliente de una roca. Al cabo de unos minutos interminables vemos un rabito blanco y negro que asoma entre las hierbas, en la boca trae una criatura que se agita y no deja ver exactamente su naturaleza, cuando la deposita en el suelo, un grito ahogado se apodera de nuestras gargantas.

-¡Un, un, un duendee! -Gritó Iván agachándose para recogerlo.


Un pequeño ser vestido con una túnica de hojas y musgo se debatía por soltarse de las manos de Iván, finalmente y ante la imposibilidad de escapar, se rindió. Tenía la carita muy negra y los ojos verdes. Estaba asustado.

- ¿Cómo te llamas? -Le preguntó Marta- No queremos hacerte daño, sólo hablar contigo.

El duende se frotó los ojos y con voz aflautada dijo:

- Soy un Trenti, un duende y vivo aquí, en el bosque. Iba a gastaros una broma cuando apareció el, el.... Bueno, tengo que irme que tengo prisa.
- ¡Espera! Le dijo Iván, ¿Qué es lo que has visto para que corrieses de esa forma? ¿El gato?
- No, el gato no, el gato tonto ese apareció después - Los niños se miraron ¡Había llamado tonto a Narizotas! - Es que....- prosiguió la criatura- por aquí hay Rementeadores, son peligrosos y corría a la cueva del viejo Pirú para refugiarme.
- ¿El viejo Pirú?- Pero..., no conozco a nadie por aquí que viva en una cueva, los ermitaños desaparecieron con la Edad Media y....- El duende me interrumpió-
- ¿Y esta listilla quien es? - Preguntó el Trenti señalándome-
- Ohmms es la tita pitusa, no te preocupes ya te acostumbrarás a ella- Dijo Esther mientras yo la miraba sin salir de mi asombro-

La nieve comenzó a caer en abundancia, el camino había desaparecido bajo un manto blanco que recordaba las estampas navideñas de la infancia. Me asusté porque esta vez habíamos llegado demasiado lejos.

- Ummmm, va a ser complicado que salgáis ahora de aquí. ¿Por qué no me acompañáis hasta la cueva? Pirú estará encantado de recibiros y estaremos calentitos y a salvo.- Propuso el Trenti-

Nos miramos, y tras la insistencia de la gente menuda, tuve que ceder. Dimos un largo rodeo, bordeamos roquedos que no recordaba haber visto antes, Esther llevaba a Narizotas en el chubasquero e Iván portaba al duende que calentito entre las manos enguantadas del niño, iba feliz silbando una hermosa melodía.

- Deteneos, es aquí. - Dijo el Trenti estirando los brazos.

Una cueva de piedra casi dorada apareció al apartar algunas espesas ramas cubiertas de nieve, la puerta era de madera y el tirador un trozo de raíz. Llamé y apareció un anciano de barba larguísima y grisácea, vestía una túnica blanca salpicada de hojitas verdes muy pequeñas, en su mano, un largo báculo que utilizaba a modo de bastón.

- ¡Pasad queridos amigos, pasad, os estaba esperando!- Dijo el anciano desplegando una enorme sonrisa-
- Chicos, dad las buenas tardes- Les susurré a los niños-
- Buenas tardes, señor- Dijeron al unísono-
- ¿Cómo sabía que vendríamos? No entiendo yo... - Le pregunté a Pirú-
- Querida amiga, yo lo sé todo de los que entráis en mi bosque. Acompañadme. - Dijo ceremoniosamente-

Esther dejó a Narizotas en el suelo que se lo estaba pasando bomba con el Trenti y un pequeño Trastolillo que se había unido al juego. Nosotros pasamos a una estancia preciosa, ocupada por sillas talladas con figuras florales y lo que parecía una mesa central con forma de rosa donde en el medio, ardía una fogata caldeando extraordinariamente el lugar. Iván se quedó atónito ante aquella fantástica mesa-chimenea.
Pirú se dirigió hacia la mesa e hizo que todos nos colocásemos alrededor. Abrió uno de los pétalos y sacó unos brillantes polvos azulados con los que espolvoreó el fuego, al instante, pudimos ver la carretera por donde habíamos venido, un señor en su coche saliendo de un cortijo cercano y de repente... Un extraño animal cuya visión nos aterrorizó, era un híbrido de mantis religiosa y araña. La parte delantera del animal estaba formada por la cabeza de la mantis, tenía unos largos brazos erizados de pinchos y unas manos terminadas en pinza. El cuerpo era redondo, negro y peludo, pero todos nos fijamos en el vientre blanquecino del que colgaban una veintena de crías amarillentas.

- ¡Dios mío! ¿Qué es eso? - Grité asustada retirándome de la mesa-
- Es un Rementeador- Dijo Pirú- Un ser maléfico, una de las criaturas más temibles del Bosque de la Sombra. Borra de recuerdos bellos vuestra mente y se los entrega al malvado Mago Negro, después, él permite que los humanos sin memoria sean devorados por el monstruo. Por estos parajes aún transitan algunos Faunos, seres guardianes de los bosques, semidioses de campos y selvas, conocedores de los secretos de la agricultura y los animales. Los Rementeadores temen su presencia porque tienen el poder de vaciar sus ojos y dejarlos sin su malvado don. Son de los pocos que se atreven a enfrentarse a un ser de estas características.
- Un momento señor Pirú - Dijo Marta- ¿Cómo ha llamado a este bosque?
- El Bosque de la Sombra no es éste, sino el que está al otro lado de los sueños, queridos amigos, en él habitan los seres sin esperanzas y está gobernado por el Mago Óminor, el Mago Negro de las sombras. Emplea todo su poder en intentar pasar a este lado pero sólo podrá hacerlo robando los pensamientos bellos de las criaturas, para ello, se sirve de los Rementeadores que tienen la facultad de saltar a esta realidad gracias a las pesadillas de los niños. Si os encontráis con uno no miréis a sus ojos o estaréis perdidos. El hecho de que esté aquí hoy no es casualidad, os ha intuido, sabía que vendríais a vuestras aventuras y os busca, os está buscando...

Iván me miró asustado y me cogió del brazo pidiéndome que volviésemos a casa. Las niñas no podían apartar sus ojos del horrible animal que se visualizaba en las llamas.

- Aquí estaréis a salvo hasta que los Faunos puedan devolverlo al otro lado. Sentaos, os serviré chocolate caliente, tortitas y dulces para pasar la tarde, después, cuando el peligro haya pasado, yo mismo os llevaré hasta el coche.
A un movimiento del báculo una nube rosada nos cubrió, el gato una vez más quiso atraparla entre sus manitas pero al despejarse, una mesa llena de magdalenas, tortitas, frutas caramelizadas y dulces de diversa especie rodeaban una fuente que manaba chocolate calentito. Todos nos miramos asombrados ante la magia de aquella tarde y acto seguido... Comimos mientras Pirú nos contaba historias de Hadas, caballeros encantados y Magos que un día fueron los señores del lugar.
Había entrado la noche y me preocupaba no haber vuelto a casa, Pirú consultó las llamas de nuevo para ver si el Rementeador había desaparecido, pero no, seguía merodeando los caminos que habíamos tomado. Me removí inquieta en mi asiento.

- ¿Ocurre algo, tita pitusa? - Preguntó Pirú.
- Sí Pirú, tengo que llevarme a los niños, ha caído la noche y sus padres estarán muy preocupados.
- No puedes hacer eso, no eres consciente del peligro que corréis- Me contestó con la cara visiblemente alarmada- Si sales ahí afuera, os atrapará, no sabéis nada sobre como defenderos de ese animal y lo que es peor, si os lleva al lado de Óminor, nadie podrá rescataros.

Los niños seguían jugando con los duendes y el gato ajenos a mi preocupación, mi reloj marcaba las siete y media de la tarde y había oscurecido por completo tras una cortina blanca de nieve incesante. El Rementeador seguía afuera y sólo se me ocurría una manera de salir de allí. A la entrada había reparado en una excelente colección de arcos, las niñas y yo somos buenas tiradoras y el blanco a batir es grande, podríamos intentarlo. Pirú al oír mi propuesta se puso las manos en la cabeza.

- ¿Pretendes salir ahí fuera con tres niños y unos arcos para enfrentarte a un Rementeador tú sola? Créeme muchacha, eres una insensata, no imaginas el peligro que entraña salir a la nieve con un cazador como ese animal. Vuestras huellas le guiarán hasta vosotros. Deja que los Faunos se ocupen de él.
-¡Pero los Faunos no aparecen y yo tengo que llevar a los niños a sus casas! Pirú ¿No lo comprendes?

El anciano suspiró - Está bien, os proveeré de mis mejores arcos y flechas y además quiero que os llevéis esto- Depositó en mi mano una campana de cristal con una bellísima flor rosada en su interior-
- Es la flor de Sandáe, si estáis en peligro la liberas y las criaturas del bosque acudirán en vuestro auxilio. Cuando la liberes, cuidado de no pincharte con alguna de sus espinas o tu alma volará con ella.

Nos despedimos de Pirú y de los duendes prometiendo volver cuando el tiempo mejorara, acto seguido, nos adentramos en la oscuridad del bosque. Al andar, las botas se hundían en la nieve hasta los tobillos, la imagen del entorno no parecía la misma de hacía unos minutos, es como si algo o alguien le hubiera robado la belleza. Los niños no habían advertido que a medida que avanzábamos, nuestros pasos iban cerrando el camino y tanto éste como las huellas, desaparecían sin dejar indicio alguno de que antes allí hubiese habido una senda. Frente a nosotros, sólo penumbra, extraños sonidos y árboles cubiertos de nieve.
Seguimos caminando, pero el paisaje se hacía tortuoso y cambiante, de repente, el silbido de una flecha nos obligó a mirar hacia el sitio desde donde provenía el sonido. Vimos a Iván sobre una roca húmeda, arco en mano y disparando a un extraño y enorme ser que avanzaba hacia él. Veloces, montamos las flechas y comenzamos a disparar, al fin, aquel monstruo se dejó ver por entero. Allí estaba el temido Rementeador frente a nosotros, con ocho patas rapidísimas que dotaban al animal  de una extraordinaria rapidez. Sus ojos rojos y brillantes se posaron en Esther que presta le lanzó una flecha privándole de uno de ellos, enfurecido, aquel ser se abalanzó sobre ella pero Iván se interpuso en su trayectoria y se enganchó a una de sus pinzas.

- ¡No Iván!- Gritó Esther que seguía lanzando flechas sin que hicieran merma en aquel enorme monstruo-

El niño trepó por el brazo con la idea de llegar hasta el ojo que le quedaba intacto y cegar al animal, pero éste fue más rápido y lo atrapó con la otra pinza. Narizotas arañaba y mordía una de las patas del Rementeador pero a él no parecía importarle. Impotentes, presenciábamos como el monstruo acercaba a Iván hasta las crías ¡Iba a servírselo de merienda! De repente, el brazo que atrapaba al niño comenzó a elevarse y fue dirigiéndose hacia el ojo que el animal aún conservaba. Marta tuvo una idea y nos colocamos justo bajo el vientre del monstruo comenzando a disparar a las crías, mucho más vulnerables que la madre. Cayeron dos, tres, cinco….El Rementeador emitió un gruñido que nos hizo enloquecer, parecía que los oídos nos fueran a estallar de un momento a otro. Como esperábamos, soltó a Iván que cayó desde una altura superior a dos metros, sin embargo no contamos con un enorme haz de luz enceguecedora que salió del abismal ojo de aquel ser; la luminiscencia nos envolvió y nos dejó sin sentido. Un sueño tibio y dulzón se apoderó de todos, incluido Narizotas; no luchamos, por el contrario nos dejamos invadir por el letargo. Las fuerzas al fin nos habían abandonado no sólo a causa de la azarosa batalla librada contra un espécimen que escapaba a todas luces a nuestro entendimiento, también por el duro discurrir entre un sinuoso paisaje de árboles retorcidos y terreno abrupto surcado por aguas bravías y cubierto de una nieve que posibilitaba el avance a duras penas.

De repente, tomamos conciencia y abrimos los ojos, junto a nosotros había un hombre alto y silencioso, con la tez pálida y los ojos pequeños y hundidos, la barba cerrada era negra y larga dándole aspecto de desaliño. Al hombro llevaba una zamarra de musgo seco y los pies protegidos con sandalias recubiertas de piel de lobo. En la mano derecha portaba una flauta, era el sonido que sumidos en aquel estado gaseoso habíamos estado escuchando.


- Amigos – Dijo – He de irme, os dejo en buenas manos. – Sin más, dio media vuelta y se marchó –

Estábamos confusos, nos incorporamos y pudimos ver que no estábamos en el bosque y que el monstruo había desaparecido. Nos hallábamos junto al coche cuando de repente aparecieron unos extraños seres de apariencia mitad humana y mitad animal, pues sus cuartos traseros se correspondían con los de una cabra.

-¡Son Faunos! Gritó Esther.

Se acercaron y nos hablaron.

- Habéis tenido mucha suerte, os habéis enfrentado a una de la criaturas más peligrosas y temibles del bosque pero si estáis con vida, debéis agradecérselo a Narizotas, fue él quien pudo liberar la flor de Sandáe y de este modo la voz de auxilio llegar hasta nosotros.

Nos miramos sorprendidos y agradecimos a aquellos seres su intervención. Preguntamos quién era el señor que aguardaba a nuestro lado hasta que despertamos, era "el Musgoso" otro ser mitológico del bosque. Antes de marchar, el que parecía de mayor edad se dirigió a mí.

- Esperamos volver a veros pronto por estos bosques, Pirú me ha dado esto para ti. -Depositó en mi mano una réplica pequeña de la mesa que vimos en su cueva, dentro ardían unas llamas y pude ver la cara del anciano sonriendo.
- Necesitarás esto también- Dijo el Fauno dejando en mi mano una bolsita de tela- Cuando vengáis, consultad antes las llamas y así no correréis peligro.-Añadió-

Nos despedimos de ellos, el coche avanzaba y los niños agitaban las manos en un adiós que era más un hasta pronto. Los Faunos se difuminaron en la oscuridad y nosotros llegamos por fin a nuestro hogar.
Antes de separarnos, Marta toma la palabra.

- Tita, Iván se incorpora a las aventuras ¿Verdad?
- ¡Por supuesto que sí! - Contesto - ¡Queda usted fichado!

Todos en casa, a salvo y felices. Aventura superada.


NOTA: Relatos inscritos en el Registro de la Propiedad Intelectual. Prohibida su reproducción total o parcial. No puede ser compartido sin consentimiento de la autora. 

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