domingo, 27 de agosto de 2017

Las aventuras de Gamba Holmes y Florito Watson. El tesoro de San Isidoro.

El señor Gamba Holmes y su querido amigo Florito Watson, disfrutaban de unas merecidas vacaciones en el espléndido manor que el primero poseía en la localidad de Bibury, condado de Gloucestershire.
Mientras saboreaban el té, recordaban viejos tiempos en la Universidad Felina de Gambridge, donde ambos habían estudiado y de la que guardaban gratos recuerdos. La conversación se vio interrumpida por la aparición de la señora Baxter que traía recado para Holmes.

- Disculpe señor Holmes, tiene una llamada de teléfono desde España y parece urgente. Se trata de la señorita del Teso.

Al oír el nombre, el gato dio un salto de la silla y se perdió en el interior de la casa.

- Gracias, señora Baxter, puede retirarse- dice Holmes tapando con su mano el auricular- ¡Querida Lola qué sorpresa! 
- ¡Amigo Holmes! ¿Cómo se encuentra? Qué alegría escucharle - se oye al otro lado del teléfono-
- Estoy bien, gracias, pasando el verano en Bibury, ya sabes que los rigores de Córdoba no me sientan nada bien. Pero dime, ¿cómo estás tú? ¿A que debo esta agradable sorpresa?
- No demasiado bien, querido señor Holmes, no demasiado bien. Le llamo porque necesito su ayuda y la del doctor Florito Watson. Han robado una parte del Tesoro de San Isidoro y estamos muy preocupados. Por fortuna, aún no ha trascendido la noticia a los periódicos, pero no sabemos cuánto tiempo podremos ocultarla.

Al oír la noticia, el señor Holmes enmudeció, pasados unos segundos pudo reaccionar.

- ¿Pero cómo? Tenía entendido que se custodiaba bajo fuertes medidas de seguridad. ¿Quién ha podido llegar hasta allí?
- No tenemos idea, por eso necesito que vengan. Hemos cerrado la basílica durante unos días con la excusa de realizar trabajos de restauración, de ese modo podremos movernos con tranquilidad.
- Muy bien, querida, tomaremos un tren a Londres e intentaremos estar en León lo antes posible. 
- ¡Oh, gracias! Sabía que podía contar con ustedes. Una cosa que creo deberían saber: En el lugar donde se hallaban los tesoros, el ladrón o ladrones han dejado depositada una botella de champagne vacía y dos copas.
- De acuerdo, Lola, gracias por la información, me será de gran ayuda. Cuídate querida, nos vemos en unos días.

El señor Holmes volvió al jardín y puso al corriente a su amigo de todo cuanto había hablado con la señorita del  Teso, sin duda, este era un trabajo para ellos, los mejores y más reconocidos detectives del momento.


De camino a España, Gamba contó a Florito que Lola era hija de unos amigos, una gatita lista que había sacado su carrera de Historia con las mejores notas y que con no poco esfuerzo, había conseguido ser la responsable de la conservación de, nada más y nada menos, que el Tesoro de San Isidoro, custodiado en la basílica del mismo nombre en León, España. Allí se encontraba el famoso Cáliz de doña Urraca al que algunos historiadores apuntaban como el verdadero Santo Grial. 

- Y dice que han dejado una botella de champagne y dos copas. ¿Tiene alguna idea de lo que significa? - Preguntó Florito Watson.
- Por supuesto, doctor. Es el modus operandis de Erik el Gato, un minino belga gran pintor y restaurador, experto en falsificaciones y el mayor  ladrón de obras de arte que pueda imaginar. Fue detenido cuando se disponía a robar en la catedral de El Burgo de Osma. 
- Si está en prisión, no es nuestro hombre.
- Se equivoca amigo, no está en prisión, llegó a un acuerdo con las autoridades españolas a cambio de prestar ayuda para la recuperación de las obras de arte sustraídas. Hoy, es un ciudadano respetable que vive en la costa malagueña, sigue colaborando con la ley y exponiendo sus pinturas en galerías. 
No obstante, he llamado a mi amigo, el inspector Peláez de la policía de Málaga, y me confirma que en las fechas en las que se produjo el robo en San Isidoro, Erik el Gato se hallaba en la capital exponiendo sus creaciones.
- Excelente, señor Holmes.

A la llegada a la plaza de San Isidoro, la basílica les recibía con su imponente románico, los dos amigos quedaron boquiabiertos ante la belleza que se desplegaba frente a sus ojos.

- Realmente maravilloso - Dijo el señor Watson-

Por la Puerta del Cordero apareció el responsable de seguridad de la basílica, el señor Pablo de la Vega. Holmes y Watson quedaron admirados una vez más por la belleza del conjunto arquitectónico que tendían delante.

Foto: Solbaken.

- Bienvenidos, señores - Dijo el señor de la Vega extendiendo la mano primero a Watson y luego a Holmes- ¿Se han alojado ya?
- Oh, sí, estamos en el hotel contiguo a la basílica. Gracias. -Contestó Holmes-
- Bien, pues síganme por favor, la señorita del Teso les está esperando.

Lola aguardaba en la biblioteca junto al responsable de la misma, el señor Benito Acosta y un chico joven que era su ayudante. El grupo se hallaba enfrascado en una conversación que parecía ser interesante.

- ¡Queridos amigos!, al fin llegaron. Exclamó la gatita al verlos.

Tras los saludos y presentaciones, fueron directamente al grano. 

- Como ya les adelanté -Habló la señorita del Teso- Parte del tesoro ha sido sustraído del museo sin que hasta la fecha tengamos pista alguna sobre los ladrones. En concreto se han llevado el Cáliz de doña Urraca y la Arqueta de San Isidoro.
- ¿Podríamos inspeccionar el museo? Confío en que nadie haya entrado en ese lugar desde el robo. -Dijo el señor Holmes-
- En absoluto, la puerta permanece cerrada desde entonces y vigilada las veinticuatro horas por uno de mis hombres. -Contestó el señor de la Vega-
- Bien, vayamos entonces. -Propuso Holmes-

De camino a la Torre del Gallo, donde se guardaba el cáliz, la señorita del Teso fue exponiendo algunos detalles del lugar que visitaban.

- El cáliz no se custodia en la Capilla de los Quiñones, como el resto del tesoro, sino que está en el primer nivel de la Torre del Gallo. Tras los recientes descubrimientos que lo señalan como el Grial, decidimos ubicarlo allí para que los visitantes pudieran admirarlo mejor.
- ¿Y eso no lo hace más vulnerable? - Preguntó el doctor Watson-
- Bueno, pensábamos que no -contestó el señor Acosta- pero ya ve que los ladrones no encuentran freno en sus fechorías.
Torre del Gallo.

Al llegar, se toparon con un guardia que custodiaba la entrada. El señor de la Vega aprovechó para hacerles una advertencia.

- Señores, anden con cuidado, las cerraduras de la puerta fueron engrasadas el mismo día del robo y  todavía pueden manchar. 

El responsable de la seguridad se acercó a la enorme reja y abrió los cerrojos que impedían la entrada. Utilizó hasta tres llaves diferentes hasta que al fin cedió  y tuvieron acceso a la sala.

- Dígame, señor de la Vega, ¿alguien más además de usted tiene acceso a estas llaves y a las de la capilla? - Preguntó Holmes.
- Nadie más, señor. Existe una copia de estas y del resto de puertas que están depositadas en el Banco Felino-Leonés.
- ¿Y qué hace cuando regresa a casa? ¿Las deja en la basílica?
- No, las llaves me acompañan siempre. Mi padre fue el responsable de seguridad de San Isidoro y también lo fue mi abuelo y el padre de este. Las llaves han ido pasando de generación en generación. Si un día no puedo cerrar yo, se encarga mi hijo.
- ¿Y cómo está tan seguro de que en algún momento no se hicieron copias? - Preguntó el señor Holmes.

La señorita del Teso observó la creciente indignación en el rostro de don Pablo y se apresuró a intervenir.

- Señor Holmes, le aseguro que la familia de la Vega es de nuestra entera confianza, algunos de sus miembros han defendido el tesoro de este lugar con su vida y cuando le digo esto, se lo digo de manera literal.

- Mis disculpas, don Pablo. - Añadió Holmes-

El gato de la Vega, alto y grueso, se atusó los bigotes y respiró profundamente para disimular su monumental enfado.

- Está bien, está bien, comprendo que mi trabajo me pone en una situación un tanto delicada. - Añadió-

Detrás de él, el doctor Watson le susurró al oído.

- No se lo tome en cuenta, señor. Holmes adolece de excesivo celo en todo lo que hace. 
- Ya, comprendo. - Contestó molesto aún-

Dentro de la torre, en el lugar donde debía estar el cáliz aparecía la botella de champagne vacía y las dos copas.

- Esto es un insulto a la inteligencia de Erik el Gato - Susurró Holmes-
- ¿Tiene alguna idea de lo que significa? - Preguntó el bibliotecario-
- ¡Por supuesto!, pero créame que no tiene sentido. El señor que utilizaba esta broma estaba muy lejos de aquí cuando se produjo el robo - Contestó Holmes-
- Se refiere al famoso ladrón de arte, ¿verdad? - Preguntó el gato joven que hasta ahora no había abierto la boca-
- Efectivamente, muchacho.
- ¿Lo sabías? -Preguntó la señorita del Teso un tanto molesta- ¿Sabías que hay un ladrón que deja botellas de champagne y no me informaste? Luis, estoy decepcionada.
- Verás, Lola, hice mi tesis de final de carrera sobre él y sé que era del todo imposible que hubiera estado involucrado en el robo.
- Luis, deberías haberme informado - Habló el señor de la Vega - 
- Papá..., yo 
- ¿Papá? -¿Es usted hijo de don Pablo? ¿Por qué no se me ha dicho antes? Cuando don Pablo le ha mencionado pensé que sería alguno de los vigilantes- Dijo Holmes enfadado-

La gatita se giró molesta dedicando una mirada furibunda al joven.

- Bien, creo que aquí no hay nada más que ver, si me acompañan iremos a la capilla y el resto se lo explicaré a usted y al doctor Watson esta noche. Cenaremos en compañía del señor de la Vega y  de su hijo, entonces les aclararemos todo.

- Aquí hay algo raro - susurró Watson a su amigo-

Se desplazaron hasta la capilla, allí de nuevo se siguió el ritual de los cerrojos, pero esta vez en una imponente puerta de madera. Cuatro maravillosas tallas románicas flanqueaban la entrada, dos correspondían a Santa Ana y las otras dos a vírgenes con niño. Su belleza era indiscutible.

Capilla Quiñones

- Señorita del Teso - Habló el doctor Watson para rebajar la tensión que se había instalado entre los presentes- He observado que el templo está repleto de animales enigmáticos y extrañas criaturas. ¿Qué significan?
- Muy observador, doctor -sonrió sorprendida- San Isidoro alberga una colección única de animales maravillosos, puedo decir que no hay otra igual. Es posible que <<al no conocer sus creadores su naturaleza>>, muchas de las criaturas sean inventadas, por eso hay elefantes con la trompa en la cabeza.
- ¿Y esas otras extrañas criaturas con cuerpo humano y cabeza de animal? Me recuerda la iconografía egipcia, pero ¿qué hacen en un templo cristiano miles de años después y tan lejos de Egipto?
- Doctor Watson, bienvenido a los misterios de San Isidoro, está usted ante el templo con más enigmas y secretos del territorio español. -Sonrió la bella Lola disipando los malos momentos anteriores-

Al entrar en la capilla, la misma imagen de la botella y las copas sustituía a la Arqueta de las Reliquias de San Isidoro.

Finalizó así una mañana llena de preguntas y enigmas, la noche se presentó lluviosa y los detectives decidieron tomar un coche de caballos para cubrir el trayecto que separaba su hotel del restaurante en el que habían quedado con los señores de la Vega y la señorita del Teso. Al llegar, les recibió el joven Luis.

- Por favor, acompáñenme, mi padre y Lola aguardan su llegada.
- ¿Lola? - Pensó Watson- ¡Cuánta insolencia en estos jóvenes!

Tomaron asiento y rápido pasaron a la cena, momento que la gatita aprovechó para aclarar algunas cuestiones.

- Señor Holmes, Luis es mi prometido, por eso nos tratamos con tanta familiaridad, pensaba habérselo comunicado hace unas semanas, pero sucedió lo del robo. Queremos casarnos en la catedral el próximo invierno y si le he hecho venir a cenar es porque deseo pedirle que sea mi padrino. Usted y mi padre eran como hermanos, al faltar él, no veo mejor sustituto que usted.

El detective se llenó de orgullo ante tan especial propuesta.

- ¡Oh, mi querida Lola! Por supuesto que acepto ser tu padrino, mi más sincera enhorabuena, chicos. En cuanto a ti -dijo mirando al menor de los de la Vega- espero que la hagas feliz o encontraré la manera de hacerte entrar en la cárcel y que no vuelvas a salir nunca más -

Los presentes rieron la ocurrencia del señor Holmes, aunque Luis <<bastante inquieto con el personaje>>, no dejó de pensar que sus palabras lejos de ser una broma, constituían una sincera advertencia.
La noche transcurría amena, con constantes cambios de conversación para volver siempre al robo.

- ¿Qué me dice de sus ayudantes, señor de la Vega? ¿Confía usted en ellos? - Preguntó el doctor Watson.
- Bueno, los he investigado y aunque no puedo asegurarle al cien por cien que sean inocentes, no parece que ninguno esté involucrado. He comprobado las coartadas de los que en ese momento tenían turno de día y son seguras. En cuanto a los que se hallaban en el edificio, dicen no haber oído ni visto nada. Las puertas no estaban forzadas.
- Lo cuál nos dice que la persona o personas que sustrajeron las piezas, tenían una copia de las llaves - Aclaró Holmes-

Don Pablo se removió inquieto en su asiento.

- Yo también he llegado a esa conclusión, si las puertas no estaban forzadas es porque alguien tenía acceso, eso nos pone a mi hijo y a mí en una situación un tanto delicada.
- Cierto - Asintió Holmes con ese aire que tanto molestaba a los de la Vega- ¿Qué tal es el señor Acosta? ¿Lleva mucho tiempo como bibliotecario? 
- Lleva veinte años en el puesto, pero aún le queda para jubilarse - Contestó Luis- Es un señor muy culto, totalmente dedicado a su trabajo y amante de la historia. Cuida de los documentos como si fueran sus hijos y me está enseñando todo sobre su conservación para el día que le sustituya, aunque como ya le digo, eso queda aún lejano.
- Señor Holmes - Habló Lola- La noche del robo, tanto don Pablo como su hijo estaban en mi casa en compañía de doña Elvira, mi futura suegra; habían venido a pedir mi mano.
- Bien, supongo que eso les excluye como sospechosos - Dijo Holmes mirando a padre e hijo-

Un camarero se acercó al detective y le entregó una nota manuscrita.

- La han dejado para usted, señor Holmes -dijo el muchacho con voz aflautada-
- ¿Ha visto quien era? 
- Ha sido un niño, señor.

En la nota amenazaban a los detectives, animándoles a dejar la ciudad en menos de veinticuatro horas si no querían ver peligrar sus vidas. Holmes pasó la nota a Watson que la observó con detenimiento.

- Está escrita por un zurdo.
- ¿Cómo sabe eso? - Preguntó don Pablo-
- Observe - dijo Watson enseñándole la nota- las vocales o y a están escritas al revés, es decir, el trazo comienza de derecha a izquierda, mientras que los diestros las hacen al contrario. Yo, soy zurdo.
- Qué interesante... - Susurró Lola-
- Señor Holmes, hay varios trabajadores zurdos, entre ellos el señor Acosta - Apuntó Luis-
- Pero Acosta no pudo ser porque esa noche me acompañó hasta casa  junto al párroco de la basílica . Se dirigían al encuentro del señor obispo, con quien habían quedado para discutir un asunto sobre unos legajos de la biblioteca. - Aclaró el señor de la Vega-
- Bien, pues eso podría descartarlo, al menos hasta que comprobemos la hora en que se separó del obispo y el sacerdote - Afirmó  Holmes- En cualquier caso, dudo mucho que el ladrón sea quien sea actuara solo, alguien tuvo que ayudarle desde dentro.

A la mañana siguiente, el señor Watson se dirigió a la habitación de su compañero pero este se hallaba levantado desde muy temprano y había salido. Dejó una nota donde le pedía que se reuniera con él en un café de la calle Colón. 
Al bajar del carruaje, Florito distinguió la figura de Holmes a través de la enorme cristalera del establecimiento.

- Querido Watson, tengo una información que le va a interesar.
- Soy todo oídos.
- He visitado el banco donde se encuentran depositadas -entre otras- las copias de las llaves de la capilla y la torre.
- ¿Algo a destacar?
- Me ha atendido un joven balbuceante, algo nervioso que me ha hecho sospechar. Sin que yo preguntara, me ha dicho que en ningún momento han salido las llaves de allí, con lo cuál no han podido utilizarse para ninguno de los  robos.
- ¿Y cómo sabía que ha habido un robo? ¿O ha habido más de uno? Por lo que sabemos, aún no ha transcendido noticia alguna.
- Elemental, querido Floro. Hemos pillado al cómplice y creo que hoy pillaremos al ladrón.

De vuelta a la basílica, la señorita del Teso les recibe muy alterada.

- Señor Holmes, ¿dónde estaban?, llevo toda la mañana intentando localizarles. ¡Ha sucedido algo terrible!. - Dice nerviosa-
- ¿Y bien? Me tienes en ascuas, querida - Dice Holmes-
- Se ha producido otro robo, ha desaparecido de la capilla el Arca de los Marfiles.

Los detectives se miraron. Todo encajaba.

- ¿Han vuelto a dejar la botella de champagne y las copas?
- No, esta vez no había nada.
- Bien, entremos a echar un vistazo. Doctor Watson, me gustaría que volviera al hotel y trajera mi maletín, lo he olvidado.
- Pero Holmes... - Watson sabía que no había ningún maletín, así que cerró la boca e hizo lo que le habían pedido-

Los demás se dirigieron a la biblioteca donde el señor Holmes deseaba interrogar a los trabajadores. En medio de una conversación con uno de los ayudantes de seguridad, el detective no vio una estantería, tropezó y cayó aparatosamente sobre su mano derecha.

- ¡Señor Holmes! ¿Se encuentra bien? - El joven de la Vega se apresuró a ayudar.
- ¡Vaya fastidio! ¡Creo que me he fracturado algún hueso! - Exclamó con un rictus de dolor-
- No se preocupe -le llevaremos de inmediato al hospital- Propuso el joven.
- Necesito enviar una nota al doctor Watson, él sabrá qué hacer. Señor Acosta por favor, si es tan amable.

El bibliotecario corrió a coger papel y pluma y se sentó a escribir lo que el señor Holmes dictó. 

- Bien amigo, si ha terminado, ¿podría enseñarme la nota? - Preguntó el detective al bibliotecario-
- Claro, faltaría más.

Holmes se incorporó y extrajo de su chaqueta la nota que habían recibido él y Watson la noche anterior en el restaurante, la letra coincidía y el papel amarillento también.

- ¿No decía que se había fracturado la mano? - Preguntó Lola extrañada.
- Ya ves, querida, creo que la sorpresa me la ha arreglado. Señor Acosta, ¿podría quitarse la chaqueta?
- ¿Y por qué habría de hacerlo? - El bibliotecario se puso a la defensiva-
- Es mejor que haga lo que dice - Le ordenó don Pablo-

El señor Holmes tomó la chaqueta y mostró una pequeña mancha que había en el bajo de uno de los delanteros.

- Señores, es grasa. Cuando entramos en la Torre del Gallo, usted, señor de la Vega, nos advirtió de que andásemos con cuidado pues las cerraduras habían sido engrasadas. Antes de abandonar el edificio me fijé en la mancha de la chaqueta del señor Acosta, si la puerta había sido engrasada el día del robo, sólo pudo mancharse entonces pues después ya nadie más tuvo acceso a la torre. Sin embargo, tras las aclaraciones que usted me dio de la noche que le acompañaron a casa, descarté su participación.
- ¿Y que le lleva a pensar que he sido yo el ladrón? - Preguntó muy ofendido el bibliotecario-
- ¿Le suena de algo el nombre de Pedro Martín? - Preguntó a su vez el detective.
- Es el interventor del banco Felino-Leonés - Contestó don Pablo- Siempre me acompaña en mi habitual comprobación de las llaves, suelo ir dos veces al mes para saber que está todo en orden.
- Efectivamente. Esta mañana le he visitado, me ha sorprendido que supiera del robo cuando la información aún no ha trascendido, por si esto fuera poco, ha hablado de robos, en plural, cuando aún yo no tenía conocimiento de la desaparición del Arca de los marfiles. Para finalizar, el señor Acosta ha cometido un grave error con no dejar de nuevo la botella y las copas, al descubrir que todos sabíamos que Erik quedaba excluido, vio innecesario seguir con el teatro, con lo cuál se delató. Después, sólo he tenido que avisar al inspector Peña.

En ese momento, el señor Acosta intentó huir pero la policía entró en la biblioteca y lo detuvo. El inspector les informó de que el bancario era en realidad un sobrino de Acosta y ambos habían planeado el robo para después vender las piezas a un coleccionista alemán. Pertenecían a una banda criminal perfectamente organizada y camuflada, así que las advertencias en la nota a los detectives, no había que tomarlas a broma. Afortunadamente, todos habían sido detenidos.

- Señor Holmes, permítame que le felicite, ha estado brillante - Dijo el inspector-
- Así que él mismo sustrajo las piezas... - susurró la señorita del Teso-
- Así es, nadie mejor que él conoce los recovecos de San Isidoro, así que su socio le proporcionó las llaves y él hizo el resto. Acosta se despidió del obispo y el párroco a la una de la madrugada, a partir de ahí, no tenía coartada.

De nuevo la lluvia hacía presencia en la mañana leonesa, el señor Gamba Holmes y el doctor Florito Watson, tras solucionar el día anterior el caso,  se disponían a partir de vuelta a Bibury para continuar sus vacaciones.

- Señor Holmes, muchas gracias por su trabajo, jamás hubiéramos creído que don Benito era el autor de los robos. Créame que aún me cuesta aceptar que ese hombre esté detrás de todo. - Confesó apesadumbrado el pequeño de los de la Vega-
- Muchacho, nunca hay que bajar la guardia ante nadie por conocido que sea, recuérdalo. - Contestó el detective-
- ¿Sabe? Luis ha conseguido el puesto de bibliotecario, así que estamos muy contentos - Informó la señorita del Teso-
- Vaya, ¡que sea enhorabuena!- Exclamó Watson-
- Muchas gracias a los dos, señores - Habló don Pablo - Ha sido un placer contar con su presencia aquí. Ahora, tengan buen viaje. Nos veremos en la boda.

El carruaje se perdió rumbo a la estación de tren, una vez más los intrépidos Holmes y Watson habían resuelto un caso complicado y evitado así el expolio de nuestro patrimonio. En próximas aventuras, descubriremos el increíble don de los felinos para resolver los enigmas más enrevesados. ¡No te las pierdas!


Cáliz de doña Urraca.


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¡La señorita Lola del Teso! Muchas gracias a su dueña, Rocío, por dejarla participar en la aventura. Jeje


NOTA: Ignoro si la Torre del Gallo y la Capilla Quiñones tienen puertas de acceso, me he tomado esa licencia para poder montar la trama. 


Relato inscrito en el Registro Propiedad Intelectual con el número:  1708273370354
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sábado, 19 de agosto de 2017

CAPÍTULO III: DOÑA SINFOROSA Y DOÑA PIEDITA. La nueva vecina.


Al fin sábado, había amanecido una mañana espléndida y la señora Sinforosa iba y venía en la cocina preparando un suculento desayuno. Los pájaros cantaban en los árboles y las flores se dejaban conquistar por una brisa cálida propia del mes de mayo.

- A ver dónde tengo esas tazas tan bonitas...

Nuestra amiga quería sorprender a Pepe y a Carmelo, así que había pensado sacar la vajilla de verano. Estaba salpicada de flores, como a ella le gustaba. Las tazas, de tamaño generoso, estaban pintadas con topos malvas en su interior.


- Bizcocho, algo de trigo para Pepe, galletas, tortitas con nata y sirope de fresa, leche, cacao..., creo que es suficiente.

La mesa había quedado preciosa, en ese instante, Carmelo hizo acto de presencia en la cocina, había entrado por la gatera que tenía practicada en la puerta.

- ¡Doña Sinforosa! ¡Doña Sinforosa vengo de la Cuesta la Vieja! - Gritó muy alterado, elevándose sobre sus patitas traseras-
- Buenos días pequeño, ¿y qué has visto que te trae tan nervioso?
- Pues verá doñi, es que.... ¡No sé lo que es! Hay nuevos vecinos pero sólo he visto a una señora delgada que parece volar en lugar de andar. Doña Sinforosa, ¡es una bruja! – Exclamó  abriendo mucho los ojos-
- Jajajajajaja ¡vamos Carmelo, las brujas no existen! Ven, ven aquí y cuéntame con tranquilidad qué es lo que has visto.

La señora tomó al minino por los bracitos y se sentó en un sillón balancín que tenía justo a mano. Lo colocó en su regazo y éste al cobijo y la seguridad de su ama, se hizo un rosco en sus piernas.

- Vaaamos gato perezoso, no te duermas ahora. Venga, no tengas miedo y cuenta a mamá qué has visto en la Cuesta la Vieja.
El gato se incorporó y luego volvió a sentarse sobre sus patas traseras.

- Verá doñi, había ido a saludar a mis amigos, los gatos de la cuesta que vienen de cuando en cuando por casa, justo cuando apareció esa mujer. Pero en realidad no es una mujer porque de sus faldas sobresalen ruedas como las de los carros ¡Y no van tiradas por ningún animal! Le digo que eso es brujería.

La señora Sinforosa se quedó mirando al gato fijamente, esa descripción le encajaba con una amiga muy querida a la que hacía años no veía, pero le extrañaba que carteándose tan frecuentemente, no hubiese recibido noticias de su llegada.

- Está bien Carmelo, creo que lo mejor es que nos acerquemos hasta allí después de desayunar ¿Qué te parece? Así podremos saber qué clase de bruja es esa mujer de la que hablas.
- ¿Es necesario que yo vaya? Es que....

- Es totalmente necesario, querido. No vencerás tus miedos si no te enfrentas a ellos- Acompañó la frase con una larga caricia sobre la cabeza del gato-
- Está bien... si usted lo dice...

En ese instante, Pepe entró en la estancia, había escuchado todo lo que habían hablado y vino a dar su opinión.

- ¡Buenos días! ¿De verdad vamos a conocer a una bruja? - Preguntó mientras se posaba en la cabeza de Carmelo.
- Bueeeno, vamos a visitar a los nuevos vecinos y a ofrecerles nuestra ayuda para lo que necesiten - Contestó doña Sinforosa a medida que servía el cacao calentito-
- Es una bruja, te lo digo Pepe - Susurró el gato al jilguero-
- Bueno, dejaos de tonterías y desayunad, voy a ver a Juanito para pedirle que nos lleve, así que cuando vuelva no quiero ver ni una miga en el plato.
- ¿Y usted no desayuna? - Preguntó el jilguero-
- Empezad sin mí, ahora vuelvo- Dijo mientras se quitaba el delantal y se perdía en el patio.

A los diez minutos volvía y se sentaba junto a sus amigos, tomó su taza y se sirvió el cacao.

- Bien chicos, en media hora salimos hacia la Cuesta la Vieja para ver quién es esa misteriosa bruja que tanto asusta a Carmelo. El jilguero no pudo reprimir la risa y el gato lo miró molesto.
Tal y como habían previsto, en media hora se hallaban a bordo del flamante dog-cart tirado por Juanito que iba contándoles cosas de la ciudad, el lugar donde había nacido.
Las ruedas del coche dejaban una estrecha y larga huella sobre la manta de hierba fresca aún perlada por el rocío de la mañana. Los viajeros charlaban animadamente hasta que a lo lejos se divisó una casita preciosa de ventanas blancas y techos ondulados. A la puerta, unas mesas flanqueadas por bancos permanecían atentas a la llegada de algún inesperado visitante.

Hacía sólo unas semanas, esa casa estaba descuidada y sucia. Las hierbas crecían sin control y las ventanas eran dos oquedades en las paredes de la vieja morada. Ahora, los nuevos inquilinos habían realizado unas labores de adecentamiento realmente espectaculares, entre las que se incluía haber domesticado un jardín que a todas luces parecía una selva.
Una verja les cerraba el paso, ante su vista una tablilla de madera decorada con flores les daba la bienvenida:

"El Alto de los Reyes"

- El Alto de los Reyes...¡Pues esto seguirá siendo la Cuesta la Vieja o Cuesta de los Gatos! - Exclamó Carmelo molesto-
- ¡Pero bueno minino enfadón! ¿Se puede saber qué te pasa a ti con los nuevos vecinos? -Le preguntó la señora Sinforosa poniéndose en jarras-
- ¡Es que ella es bruja, doñi!
- ¡Y dale con que es bruja! Amiguito, este comportamiento no es normal en ti, ya tendremos unas palabras cuando lleguemos a casa- Dijo la dama un tanto molesta por la cabezonería del gato-
- Yo no digo nada... Me vaya a quedar sin merienda - Habló el jilguero por lo bajo-

Se disponían a abandonar el coche para adentrarse en las inmediaciones de la casa, cuando la puerta se abrió y por ella salió una pequeña damita de edad incierta, delgadita, con cara de porcelana y mirada firme. Aquellos ojos transmitían nobleza, vida y seguridad, honradez y pureza de sentimientos. Allí, de pie en la entrada recordaba por su apostura a la diosa Vesta, envuelta en un suave vestido crudo de corte imperio y falda plisada.

- ¡Pero bueno! ¿Es que no vas a dejar nunca que te sorprenda? - Preguntó la dama dirigiéndose a doña Sinforosa-
- ¡Piedita! Pero... ¡Te hacía en París! ¿Cómo no me has avisado, alma loca?

Las dos amigas se fundieron en un largo y cariñoso abrazo, hacía tanto tiempo que no se veían que a cada poco dejaban de abrazarse para mirarse detenidamente una a la otra y sonreír. Cuántos años habían pasado desde que iban juntas al colegio... Allí trabaron buena amistad pero al cumplir los quince años Piedita se fue a vivir a Francia. Su padre era ingeniero y había inventado una máquina a la que llamaban ciclo o velocípedo y parecía que en el país vecino se habían interesado en el invento. Ella había heredado de su progenitor la pasión por los viajes y eso la había llevado a permanecer largas temporadas en los más insospechados destinos. En todo este tiempo, las dos amigas jamás perdieron contacto y cada cumpleaños un regalo viajaba desde cualquier lugar del mundo hasta Villa Rosita y viceversa.

- ¡Ay Sinforosa querida, quería darte una sorpresa pero ya ves, te me has adelantado! - Exclamó doña Piedita asiendo por los brazos a su amiga-.
- No cambiarás jamás ¡Eres temible!

Las dos amigas rieron de buena gana.

- Pero bueno, no te quedes en la puerta, entra que quiero enseñarte mi casa- De repente se percata de la presencia del minino y el jilguero.

- ¿Son tus amigos? - Preguntó doña Piedita señalándolos-
- ¡Oh Dios mío, casi me olvido de ellos! - Exclamó la dama llevándose las manos a la cabeza- Disculpadme queridos... Ella es doña Piedita, mi querida amiga de la infancia y ellos son Carmelo y Pepe - Dijo volviéndose hacia su amiga-

Los animales se quedaron sorprendidos, en teoría nadie sabía que podían comunicarse con la doñi.

- No temáis, amigos - Dijo la señora- Soy la única sabedora y guardiana del gran secreto de doña Sinforosa, así que podéis estar tranquilos en mi compañía.

Los animales bajaron del coche y fueron a saludar educadamente. Pepe se puso sobre el hombro de doña Piedita y le cantó una melodía que andaba componiendo desde hacía semanas. Carmelo, aún seguía reticente.


- Piedita, querida, ¿sabías que Carmelo pensaba que eres una bruja? - Dijo doña Sinforosa divertida mientras el gato se ruborizaba-
- ¡Oh, no me digas! ¡Qué divertido! Jajajjaja ¿Qué te hizo pensar eso?- Preguntó.
- Pues...Es que esta mañana no tenía pies, sólo unas ruedas enormes que asomaban bajo su vestido y yo...
-¡Válgame el Señor! Jajajajaja, tu gato y yo nos vamos a llevar de maravilla, Sinforosa- Dijo a su amiga mientras se agachaba para coger en brazos a Carmelo, cosa que no acababa de gustar en demasía al felino-
- Vamos, quiero que veáis todos ese extraño artilugio que me convierte en bruja.

Salieron de nuevo al exterior y sobre una verja de madera se hallaba la culpable de las pesadillas de Carmelo.

- Ahí tenéis mi escoba. - Dijo doña Piedita riendo a carcajadas-

Un hermoso velocípedo o bicicleta como ella la llamaba, descansaba sobre la hierba. En el manillar, un canastillo lleno de flores recogidas esa misma mañana en la que el gato Carmelo se había topado con ella.
La curiosidad innata del felino lo llevó a reparar detenidamente en aquel invento.

- Doña Piedita, ¿podría llevarme en esta cesta? - Preguntó-.
-¡Pues claro que sí, querido! Vamos, subid los dos y daremos un paseo.

Doña Sinforosa vio como su amiga se alejaba pedaleando con el gato y el jilguero en la cesta. Se lo estaban pasando tan bien que agradecía al cielo que aquella inesperada vecina, no fuese otra que su querida Piedita.
Casi a la una y media de la tarde decidieron regresar a Villa Rosita, no sin la promesa de volver al día siguiente a la fiesta que iban a organizar en El Alto de los Reyes para celebrar la vuelta de la mejor amiga de la dama.

El domingo llegó cargado de sorpresas y en torno a una mesa decorada con un lindo mantel celeste se congregaron los más variados amigos. Doña Sinforosa, Carmelo y Pepe se presentaron con una muñequita a la que la dama había puesto el nombre de doña Aurora. Doña Lola, la oveja de los Silva, acudió muy guapa con sus bucles recién peinados y oliendo a espliego, trajo como presente un bonito bolso de lana tejido durante los días de invierno. Regalo que a nuestra nueva amiga llamó especialmente la atención. Así hasta doce entrañables criaturas que compartieron la alegría de una merienda al calor de la primavera y la amistad.
Bien entrada la tarde, doña Piedita se adentró en la casa del brazo de su amiga.

- Ayer no tuvimos oportunidad, así que quiero que conozcas mi nuevo hogar con detenimiento y me des tu opinión.

- Veamos querida, tú siempre tuviste un gusto exquisito para la decoración. –Dijo doña Sinforosa a medida que las dos amigas se perdían en las estancias de la casa-

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lunes, 31 de julio de 2017

CAPÍTULO II: DOÑA SINFOROSA BAJA AL PUEBLO. Una visita muy especial.


La nieve ha remitido al fin y las primeras flores multicolores asoman salpicando aquí y allá el verde manto. La primavera ha llegado al corazón de Villa Rosita y doña Sinforosa se siente feliz. Hoy, se ha levantado de muy buen humor, ha cogido su mantel, su pequeña sillita de eneas y ese bolso gigante fabricado con trozos de tela donde guarda todas sus muñecas de trapo. Va a dirigirse al mercado para venderlas y cerrar una ansiada compra que trae en mente desde hace meses. A Carmelo y Pepe les encantará la sorpresa que su amita va a darles en tan sólo unas horas. 
La dama se dirige a su armario.

-Ummmm, veamos..., creo que me pondré esta falda beige y la camisa de flores rosas. Sí, es apropiado para un día tan especial.

La falda, como es natural en una dama de su clase, le cubre hasta los tobillos. Elaborada en algodón y bordada en los bajos en tonos crudos, tiene bolsillos donde guarda caramelos que ella misma elabora con azúcar y esencias naturales. La camisa es de seda estampada con unos pequeñísimos ramilletes de flores color rosa palo. Para terminar el conjunto se coloca una pamela de rafia natural, a la que ha cosido unas flores secas. Cuando bajó, el gato y el jilguero dormían plácidamente acurrucados en sus respectivas camitas, así que doña Sinforosa se dirigió a la cocina para desayunar algo ligero y salir cuanto antes. No había contado con el fino oído de Carmelo.

- ¡Buenos días doña Sinforosa!, ¿sale ya para el mercado? - Preguntó el gato estirándose sobre las manos y alargando su fibroso cuerpo como si fuese de goma-
- Buenos días, querido. Así es, he de vender las últimas muñequitas porque con este invierno tan crudo que hemos tenido...Nuestra despensa está bajo mínimos.
- Bueno, no se preocupe, pronto volverá a estar llena. He pensado que Pepe y yo podemos trabajar en el huerto esta mañana, hay que arrancar algunas hierbas y cavar las fresas que ya están saliendo.

Doña Sinforosa cogió al minino cariñosamente entre sus brazos acercando la cara de Carmelo a la suya.

- Mi querido, querido amigo, no es necesario que trabajéis porque vuestra compañía me basta para ser feliz, las despensas de mi corazón están repletas.
-Rrrrrrrrrr. El gato comenzó a ronronear cerrando sus ojitos y acariciando la barbilla de la dama. - Lo hacemos felices doñi, somos una familia así que todos ayudamos en lo que podemos. 
Doña Sinforosa depositó a Carmelo en el suelo regalándole varias caricias extras en su suave cabeza.
- Te prepararé un tazón de leche con miel y unas galletas. Despierta por favor a Pepe y así desayunamos todos juntos- Rozó la nariz del minino con su dedo índice- ¿De acuerdo?
- ¡De acuerdo doñi! 
En un segundo Pepe el jilguero entraba en la cocina que voló hasta el hombro de la dama para acercar su cabecita a modo de caricia.

- ¡Buenos días mi pequeño cantor! - Exclamó doña Sinforosa acariciando a Pepe-
- ¡Buenos días doñi!

Mientras servía la mesa, el jilguero cantaba una linda melodía. Pronto hubo sobre el mantel leche calentita, galletas, algo de alpiste, miguitas de pan y tarta de frambuesa porque a Carmelo le encantaba. Desayunaron felices, después, el gato y el jilguero salieron a despedir a su amiga, pero ante la mirada extrañada de los animales, doña Sinforosa volvió sobre sus pasos.


- Chicos, ¿queréis acompañarme al pueblo?

Pepe y Carmelo se miraron, el gato tenía planes, se había empeñado en arreglar las fresas del huerto así que animó al jilguero a acompañar a la doñi. De este modo, quedaba más tranquilo sabiendo que doña Sinforosa no partía sola.
El gato vio como sus amigos se alejaban andando por el prado. La falda de la dama acariciaba las hierbas, flotaba sobre las flores secuestrándolas por segundos y liberándolas a cada paso que daba. El pájaro, feliz canturreaba en el hombro de su mentora.

- Me preocupa que lleve tanto peso usted sola, si pudiese ayudarle... - Habló Pepe al percatarse de los aparatosos trastos que portaba la doñi-
- No te preocupes querido, estoy acostumbrada a estos menesteres, además, ahora pasaremos por la granja de los Silva, allí siempre hay alguien que a estas horas baja al pueblo y seguro que tiene a bien llevarnos.

Abandonaron el camino y llegaron hasta un gran caserón blanco; el pájaro se quedó asombrado por la cantidad de animales que pastaban en los alrededores. Bajo un roble, don José cargaba varios fardos en un carro tirado por una mula, al ver acercarse a la dama detuvo su trajín y fue raudo a saludarla.


- ¡Doña Sinforosa! ¡Ya la echábamos de menos por la granja! Hace semanas que no baja al pueblo así que estábamos preocupados. Hoy mismo, sin ir más lejos, iba a enviar al mozo hasta Villa Rosita para saber de usted.
- ¡Ay don José, ustedes siempre tan amables! Gracias, de salud estoy bien pero con el tiempo que hemos tenido no me he atrevido a salir de casa, así que he aprovechado para coser y arreglar algunos muebles que ya necesitaban un poco de atención.
- Bueno, bueno amiga mía, eso está muy bien. Voy a bajar al pueblo a llevar la leche y algunos quesos que me encargó don Hilario, el de los ultramarinos Ambrojo. Si quiere puedo llevarla, siempre tengo sitio para una dama y sus muñequitas - Dijo sonriendo-
- ¡Oh, muchas gracias don José!, ya sabe que me viene muy bien poder transportar todo esto en el carro.
-Faltaría más, señora mía.

Don José se percató de la nueva compañía de la dama.

- Doña Sinforosa, ¿y ese pequeño jilguero? Es realmente bonito.
- Pues mire, llegó a casa moribundo en mitad de una tormenta, lo recogí y lo cuidé, ahora alegra con su canto mis días. Es tan simpático que me acompaña allá donde voy, así que hoy he decidido llevarlo conmigo al mercado. 
- Usted y ese amor por los animales...La envidio señora, créame. Tenga cuidado allí abajo porque un animal tan manso puede ser un plato apetitoso para cualquier amigo de lo ajeno. Por no hablar de los gamberros...
- Pierda cuidado, no lo perderé de vista -Contestó doña Sinforosa-

Don José pone su dedo cerca de las patitas de Pepe que raudo se dispone a tomar posesión del mismo. El hombre sonríe y le otorga unas caricias.

- Don José, quisiera pasar un minuto a saludar a doña Amparo, hace tanto que no nos vemos...
- Faltaría más, pase, pase. Yo me quedo aquí ultimando las cosas. 
- Voy a entrar por la puerta de atrás, como siempre,  así veo a sus preciosas ovejas; ya sabe que me parecen las más hermosas de la comarca.

Doña Sinforosa dio rodeo a la casa, sabía que en el cercado estaría su amiga Lola y aprovechó para entregarle un presente.

- ¡Doña Lola! ¡Amiga mía cuánto tiempo! 
La oveja levantó la mirada y vio a su amiga que la saludaba sonriente; rápido corrió hasta la valla para corresponder al saludo.
-¡Buenos días tenga, amiga querida! No sabe cuánto la hemos echado de menos. Pero bueno, ¡qué bien acompañada viene! ¡Pepe, encantada de volver a verte!
- Buen día doña Lola, ya ve, de buena mañana acompañando a la doña. 

Intercambiaron saludos y algunas buenas noticias, como la maternidad de doña Francisquita, -la burra de los vecinos-, y la incorporación de un nuevo capataz a la granja. Don Severo estaba ya viejito y casi no podía hacer su trabajo, ahora vivía con sus hijos en el pueblo, pero pasaba casi toda la semana con los Silva. A decir verdad, don José le echaba de menos y había decidido que se quedara, de ese modo descansaría de sus años de trabajo disfrutando de la quietud y tranquilidad de los campos que había cuidado como si fueran propios. De paso, le hacía compañía a su suegro, don Marcelino, con quien había trabado buena amistad a lo largo de los años.

- Lola, tienes razón, don Severo no se hará nunca a estar en el pueblo, él pertenece a estos paisajes y es aquí donde ahora debe estar, disfrutando de un tranquilo retiro.
- Ya lo creo, doñi, tenía usted que ver cuando llega el hijo los sábados para llevarlo a su casa, el pobre es todo tristeza…, y eso que tiene dos nietecitos. A doña Amparo se le parte el corazón, así que los domingos por la tarde, su regreso es toda una fiesta.

- Te entiendo, querida, te entiendo- Dijo doña Sinforosa moviendo afirmativamente la cabeza-
- ¡Oh, casi me olvido! Lola, te he traído un presente, creo que te gustará porque se llama igual que tú.

Doña Sinforosa extrajo de su bolso una linda oveja fabricada con rizo de toalla, iba acompañada de un jabón que ella misma había elaborado y un botecito de esencia del bosque con un cepillo especial para la lana.

- ¡Oh, doña Sinforosa!, ¡es lo más bonito que he visto en mi vida! Pero... No tenía que haberse tomado tantas molestias por mí.
- Querida, no es ninguna molestia, espero verte el sábado por casa a la hora del té.
- Cuente conmigo. Le agradezco mucho este presente, el mismo sábado estrenaré la esencia para ir a visitarla. Dele recuerdos a Carmelo. Pepe, cuida bien de la doñi.
-Gracias Lola, nos vemos en unos días, hasta entonces cuídate mucho. Llevo algo de prisa porque tengo que saludar a doña Amparo y bajar al pueblo. Me alegra haberte visto.

Doña Sinforosa acarició varias veces la cabeza de la oveja y ambos se despidieron de ella hasta el sábado.
Ya en el mercado, nuestra amiga dispuso como de costumbre su pequeño puesto. Don José se aseguró de que todo estaba en orden antes de marchar y desearle una buena venta.

- Vamos a ver... Carmelita, hoy te pondremos aquí cerca de doña Juana, y a ti Paquita junto a Flor.

Una a una fue sentando a las muñecas en la mesa, todas preciosas y elaboradas con ese amor que solo ella sabía poner en sus labores. Había traído también unos cojines muy hermosos que había bordado junto a Pepe en las tardes que la nieve blanqueaba los prados. Doña Sinforosa pinchaba la aguja y el jilguero tiraba del hilo bien arriba. ¡Fue divertidísimo! 


- Bien, todo dispuesto, estas verjas que me ha dejado don José son preciosas y creo que le darán un toque hogareño a la composición- Susurró la dama al terminar de colocar su puesto-

La mañana transcurría tranquila, había vendido ya dos muñecas y un cojín cuando el jilguero pidió permiso para echar un vistazo por el mercado. Doña Sinforosa le recordó la necesidad de andarse con precaución, pues los chicos andaban a esas horas con los tirachinas y algunos tenían una puntería endiablada.

-Descuide doñi, tendré mucho cuidado.

No habían pasado quince minutos desde la partida de Pepe, cuando en los puestos de más arriba se organizó tremenda algarabía.

- ¿Qué sucede? -Preguntó la dama a una señora que bajaba justo del lugar de donde provenían los gritos.
- Pues al parecer, unos chicos han querido cazar a un pájaro que andaba revoloteando por los puestos, el animal intentado escapar se ha escondido en el tenderete del señor Amalio, el lechero, con tan mala fortuna que ha tirado una cántara de leche; y ya sabe usted el humor que se gasta ese hombre. ¡Está que trina!

- ¡Oh Dios mío! ¡Ese es Pepe!- Pensó doña Sinforosa-

Agradeció la información y se dirigió hacia el puesto del lechero.
- ¡Ahí viene! - Se oyó decir- ¡Ella es, ella es la dueña de ese pajarraco, la he visto esta mañana mientras montaba el puesto!

Una mujer entrada en años, enjuta, arrugada como un sarmiento y envuelta en un elegante vestido negro, señalaba a nuestra amiga con el dedo.

- Buenos días don Amalio ¿Qué ha sucedido? -Preguntó doña Sinforosa en tono amable-
- ¿Es suyo este pájaro, doña Sinforosa? -Le enseñó una jaula donde Pepe permanecía encerrado. A la dama casi se le rompe el corazón al ver a su amigo allí metido-
- Sí, lo es. Se ha debido escapar mientras montaba mi puesto; ruego me disculpe si le ha ocasionado algún contratiempo.
- ¿Algún contratiempo, dice? ¡Señora mía, su querido pajarraco ha tirado una cántara de leche llena y no pienso soltarlo mientras usted no me pague los reales que cuesta! ¡Con que ya está poniendo el dinero sobre la mesa o le juro que esta mediodía comeré pájaro frito!
- Don Amalio, no creo necesaria esa medida, ahora mismo abonaré el importe del destrozo.

Las gentes murmuraban alrededor de doña Sinforosa, el mercado se había quedado prácticamente vacío y todas las señoras se habían concentrado en el lugar del altercado.

- Ahí tiene, creo que con eso será suficiente. Ahora, por favor suelte a mi pájaro- Ordenó la doñi muy seria-
- De mil amores, pero mire lo que le digo, si vuelvo a verlo por aquí sacaré mi escopeta y no tendré piedad.
- ¡Es usted un ....! - Por educación, la dama retuvo sus palabras. Recuperó a Pepe y se alejó con él entre las manos, abriéndose paso entre una multitud que a veces le daba la razón y a ratos se la quitaba.
- Doña Sinforosa, le pido mil perdones por haber sido tan poco cuidadoso, pero de verdad que no vi esa cántara - Habló el jilguero en tono angustiado-
- Pierde cuidado Pepe, tú no tienes la culpa, ese viejo diablo es un cascarrabias que habría hecho cualquier cosa por sacarle los cuartos al primero que se lo pusiera fácil.
- No la entiendo...
- Pues que aprovecha cualquier oportunidad para colocar su mercancía de modo que esté a punto de caer con un leve roce. No es la primera vez que él mismo empuja disimuladamente alguna cántara y culpa a los chiquillos o a cualquier señora mayor que camine con cierta dificultad. Es una actitud abyecta y despreciable.
- ¿Lo dice en serio? - Preguntó Pepe extrañado-
- Totalmente querido, tú no has podido tirar esa cántara, no tienes fuerza suficiente para ello, así que no te apures.
- Pero el dinero...
- El dinero va y viene. Fin de la conversación - Zanjó doña Sinforosa-

Pepe respiró aliviado, recogieron el puesto y se dirigieron hacia el interior del pueblo. La doñi tenía que resolver allí un asunto muy importante.
Llegaron hasta una casa señorial pintada en colores muy llamativos, en la puerta un señor dio la bienvenida a la mujer.
El interior era algo oscuro para el gusto de la dama, pero elegante y distinguido. Los muebles parecían tallados a mano y los cuadros eran muchos y variados. Anduvo unos metros y llegó hasta un precioso jardín interior con plantas exóticas, allí, un matrimonio entrado en años la recibió con toda amabilidad. 
- Don Matías, doña Mariquilla, encantada de volver a verles- Pronunció doña Sinforosa al tiempo que empujaba la cabecita de Pepe para que permaneciese en el interior del bolsillo de su falda-
- La estábamos esperando, por favor, tome asiento - Pronunció don Matías poniéndose en pie-

Doña Sinforosa procuró sentarse de modo que su amigo estuviese cómodo, en nada, éste volvió a subir la cabeza sabiendo que bajo la mesa nadie podría verlo. Por no hablar de que así escucharía mucho mejor la conversación...

- Entonces - Tras los saludos de rigor tomó la palabra la dama- La oferta del dog-cart, ¿sigue en pie?
- Oh sí, doña Sinforosa- Habló la vieja señora- Nosotros ya no vamos a salir a la montaña, y hemos pensado que ese carruaje podría venirle de perlas para sus traslados desde Villa Rosita, por ello nos pusimos en contacto con usted antes de las nieves.
- La verdad es que no imaginan lo mucho que me ayudaría, siempre ando necesitando de la amabilidad de todos y con ese coche incluso podría desplazarme a otros pueblos para vender mi mercancía.
- ¡Oh, por supuesto! Es una excelente idea amiga mía- Exclamó don Matías- La animo a que la ponga en práctica.
- Pues bien, si el precio sigue siendo el mismo, no hay más que hablar. Me lo quedo – Sentenció doña Sinforosa sonriente-
- ¡Esto hay que celebrarlo! - Propuso don Matías- Tome con nosotros un licor de almendras amargas de nuestras bodegas. Mientras, uno de los criados dispondrá el coche y el caballo para que pueda llevárselo.

Tras cerrar la compraventa, los señores y su invitada salieron al jardín para ver el dog-cart, un modelo de coche muy funcional y bastante apropiado para nuestra amiga.

- Ahí lo tiene, doña Sinforosa- Dijo don Matías- La verdad es que he pasado muy buenos ratos con él pero uno se hace mayor y no necesita la mitad de las diversiones que tenía de mozo. El caballo es muy noble, sé que estará bien con usted.
-Descuide, de sobra sabe que los animales son mi debilidad. El coche es una maravilla y estoy segura de que el caballo será también un fiel compañero.


En unos minutos el carruaje estaba listo. Habían acoplado el caballo y sólo faltaba que su nueva propietaria tomase posesión de ambos.

- Gracias por todo, han sido ustedes muy generosos conmigo porque de sobra sé que el precio que me han puesto por él, es muy inferior al que hubiese podido alcanzar en cualquier mercado.
- Oh querida, pero queríamos que lo tuviera usted, sabemos que no podrá estar en mejores manos- Dijo doña Mariquilla- Pero espere, ¡casi me olvido! Se adentró en la casa con pasos acelerados y al instante volvió con una preciosa manta inglesa.
- Tome, la he usado durante muchos años, ahora quiero que la tenga usted. Me he permitido la licencia de bordarle sus iniciales.

La señora le entregó la manta sonriente, doña Sinforosa no escatimó palabras de agradecimiento. Se despidieron con la promesa de volver a verse el domingo.
Pronto abandonaron el pueblo y se adentraron en los caminos. El coche era una bendición, doña Sinforosa y Pepe estaban tan contentos que no pararon de cantar en todo el trayecto.

A la llegada a Villa Rosita...

- ¡Carmeloooo! ¡Sal tienes que ver esto! - Voló Pepe hasta el interior de la casa sorprendiendo al gato que se hallaba preparando un postre a base de nata.
- Pero... ¿Qué ocurre? ¿A que viene tanto jaleo?- Preguntó desorientado-
- Sal ahí afuera y lo verás- Le contestó el jilguero-

Carmelo se quedó sorprendido ante la visión que ofrecía doña Sinforosa feliz sobre su flamante coche. Una lagrimita se escurrió entre las pestañas del minino, de sobra sabía los esfuerzos de la mujer para bajar al pueblo cada día en los periodos de frío y los de fustigante sol. Ahora, un sueño largamente acariciado se hacía realidad ¡Por fin, por fin, doña Sinforosa tenía un medio de transporte como merecía!

- ¡Carmelo! ¡Pero no llores querido! -Exclamó la dama al ver la emoción del gato!- Venga, sube que vamos a dar un paseo los tres.
- De acuerdo pero.... ¡Yo también tengo una sorpresa!

El jilguero y la doñi se miraron extrañados viendo como el gato corría al interior de la casa.

-¡Que alguien me eche una mano! - Se oyó desde su interior-

Doña Sinforosa bajó rauda y se encontró con una grata visión. Carmelo había preparado un almuerzo a base de empanada de atún y frambuesas con nata para el postre. Ahora sólo quedaba coger un mantel y la cestita para llevarlo hasta algún lugar en mitad del hermoso bosque, una vez allí, los tres darían buena cuenta de la vianda.
Ya acomodados en el coche, tomó la palabra el jilguero.


- Habrá que poner un nombre al caballo, ¿verdad?

- Oh, no es necesario. Me llamo Juan, Juanito para los amigos- Contestó el equino sorprendiendo a los presentes-
- Bien Juanito, pues llévanos a un sitio hermoso donde celebrar que nos hemos conocido ¡En marcha! –Anunció doña Sinforosa exultante de alegría-


El carruaje se adentró en el bosque, desde lejos se oían los cánticos de la feliz y peculiar familia a la que sin pensar, había llegado un nuevo integrante, Juanito.
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